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De las historias y leyendas del Pago...

Juan Heber Leites

 

S

Un rincón
para la poesía

Lustrador

Con la ropa remendada con las manos al cajón
con un cigarro en la boca y el lustramos en la voz.
Los negritos aporreados me han lustrado el corazón
me han hecho sangrar palabras y llorar su condición.

Dónde estará tu niñez?
de juguete y pizarrón.
Quien se la guardó al bolsillo?
negro de Tacuarembó.

Los negritos aporreados con sus motas de carbón
con sus orejitas sucias y sonrisas de algodón.
Con sus pies descalzos fríos sabedores de hormigón
Con un betún negro luto me han lustrado el corazón.

Dónde estará tu niñez?
de juguete y pizarrón.
Quien se la guardó al bolsillo
negro de Tacuarembó.

En alguna esquina cuando arrollado en un rincón
Se pone a soñar un mundo sin pomada, sin cajón.
Con juguete, con escuela, con padre, madre y canción.

Dónde estará tu niñez?
de juguete y pizarrón.
Quien se la guardó al bolsillo
te quiere ver lustrador.

Agamenón Castrillón

e cuenta que a principios de la década del treinta en las afueras de la ciudad de Tacuarembó, más precisamente donde hoy termina la calle 25 de Mayo al sur, vivía un eximio guitarrista llamado Washington de la Fuente. Habitualmente salía de gira a tocar con otros compañeros, casi siempre lo hacían actuando en pulperías y pueblos de campaña.

   Se dice que en una oportunidad, esperando que diera paso el arroyo Jabonería, no pudo tomar el tren en Valle Edén, que lo traería de regreso. Así fue que pidió posada en un casco de estancia que estaba frente a la estación. El dueño de casa le presentó a dos muchachos argentinos que estaban de visita. Uno de ellos llamado Carlos quedó muy interesado al ver que eran músicos. Después de la cena se formó una reunión con todos los presentes, donde Washington se puso a tocar la guitarra, Carlos el forastero argentino quedó sumamente sorprendido por las excelentes condiciones de este guitarrista oriental, y según cuentan cantó hasta la madrugada acompañado de este gran músico criollo.

   Así nació la amistad entre estos dos tacuaremboenses. Carlos Gardel, que había venido a Valle Edén a restablecerse de una intervención quirúrgica, y Washington de la Fuente, el gran guitarrista.

   Washington regresó al barrio para volver a los pocos días a Valle Edén para viajar a Buenos Aires con Gardel, que este lo había convencido que viniera con él. Lo hicieron acompañados por un muchachito de cerca de los pagos de Tambores, corredor de caballos y muy amigo de Gardel, llamado Irineo Leguisamo.

   "El Washington", como le decían era hijo único y muy "madrero". Doña Valentina su madre era ya muy mayor y así fue que al tiempo regresó para cuidar a su "viejita" como le decía él. "El Washington" siguió teniendo comunicación con Gardel, y grande fue el impacto que le causó a él y todo el barrio la tragedia de Medellín.

   Muchas fueron las leyendas sobre la suerte corrida por Gardel. Pero lo cierto que al tiempo de la supuesta muerte de Carlitos, "el Washington" y doña Valentina recibieron en su casa a un hombre todo quemado e inválido de una pierna que se desplazaba con muletas.

   El vecindario decía que era Gardel, que estaba vivo y se escondía en la casa de su amigo.

   Un día este misterioso personaje muy apresurado casi como huyendo, pidió permiso para pasar por el fondo de la casa de los Leites, que tenía comunicación con la calle 18 de Julio. Mi tía Leda, que fue a ver que sucedía, contaba y juraba que la señora que había llegado a lo de "el Washington" era la mismísima Libertad Lamarque.

   Nunca más se vio al hombre inválido en el barrio.

   Y hasta hoy se cuentan leyendas de "el Washington", la amistad con Gardel y aquel misterioso amigo, que hasta dicen que cantaba igualito a Carlos Gardel...


LAS FOTOS DEL BAR


Juan "Curita" Mundo, el gordo Hugo Berriel, y Dinarte "Toto" Latorre, foto tomada el 24 de agosto de 1965.


Sesenta y siete

"El liceo no resultó ser muy difícil. Tacuarembó era un pueblo bastante fácil, bastante predecible, con muy pocas calles flechadas, tráfico lento y chismes rápidos. Casi todas las conversaciones que escuchaba desprevenida, al azar, en la calle, en la cola de la panadería, eran sobre gente conocida. Casi todas las caras eran conocidas. Casi todos los perros eran inofensivos y todos los días eran iguales. Todo parecía ser fácil, sin muchos sobresaltos, hasta que la nueva integración de AEGAT, el gremio estudiantil de mi liceo, organizó un baile para mejorar sus fondos".

Página 165 "Miss Tacuarembó". (Dani Umpi)