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Contratapa |
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El hombre del banco de la plaza
robablemente fue uno de los tantos idilios adolescentes de la época de estudiantes, que interrumpieron los padres de la muchacha. Enviaron a la jovencita a un internado montevideano. El joven galán quedó en provincias. Si desolado, después se verá. La muchacha en Montevideo cursó estudios secundarios y preparatorios científicos. La Medicina le interesaba y a ella dedicó sus esfuerzos. No reapareció por su ciudad natal. El joven pretendiente estudió Preparatorios de Derecho, pero no continuó la carrera. Se presentó a oposiciones para un puesto en la administración pública. Y allí se fumó años en una oficina pública contigua a la Plaza 19 de Abril. Lugar, al parecer, del último encuentro con su novia perdida. Alguien (alguna amiga de la muchacha o del joven) filtró algunos detalles del rompimiento. Al parecer, ella le escribió una última carta donde precisaba que su partida era obligatoria por imposición paterna. Que sus sentimientos eran los mismos de siempre, y que no lo olvidaría. También se habló de una breve réplica del abandonado, donde juraba que desde ese día (imagino el día de la partida de la joven), hasta que se reunieran, él concurriría a las cuatro de la tarde, diariamente, al banco de la Plaza 19 de Abril, donde se encontraron la última vez. Todos los días, una hora al menos, confirmaba. Los que debían cruzar la diagonal de la plaza, asiduamente, siempre encontraban, en uno de los viejos bancos de hierro y carcomida madera al estudiante, primero, y luego al joven oficinista sentado a media tarde, llueva o truene, en el verano o el invierno. Callado y solo. Volaron años. El primer cuidador de la plaza que advirtió al permanente visitante de dicho banco, sacudió la cabeza y siguió rastrillando el césped. Los que le sucedieron en dicha función, ni advertían su presencia, era como una palmera más o un paraíso de la plaza. El oficinista peinaba canas en sus sienes, pero esa "costumbre" (para algunos) se mantenía: a las cuatro de la tarde, otoño o primavera, allí se lo encontraba, en la plaza 19 de Abril, en un banco de la diagonal de Sur a Norte. Ciudad pequeña, la historia era adornada, en cada familia, con ajustes varios. Que no era ésa la razón que mantenía, por décadas, a ese hombre sentado a la misma hora y en el mismo banco. Que no era por amores contrariados, que era, sencillamente, un loco manso, fuera del empleado eficiente en la Administración de Rentas del Estado. Otros contraatacaban asegurando que su intransigente postura era por malamado. Y que ello había terminado por sorberle el seso. La joven de la historia se había recibido de médica en Montevideo, y se había casado con un compañero de estudios, hacía más de veinte años. Hoy era una especialista en niños, afamada, y nada la identificaba con aquella muchacha del caso provinciano. También era verdad que nunca había regresado a Tacuarembó. Su familia se fue disgregando: hermanas casaderas, fallecimiento de sus padres. Telón final. Por el otro lado, el joven, vuelto un maduro aspirante a jubilado de la Administración Pública, solterón y solitario, seguía (a diario) sentándose a la tarde en el mismo banco de siempre. No sé a quién se le ocurrió, hace ya tiempo, hacerlo "revisar", tocándole la sien con el índice. No sé quién movió a las autoridades sanitarias. Lo cierto fue que, diez años atrás, una tarde que el hombre habitaba el consabido banco, dos muchachos de túnicas blancas llegaron hasta él, le hablaron, y se lo llevaron, sin resistencia alguna, en una furgoneta blanca. Varios meses faltó el hombre a "su" banco. Se supo que lo llevaron a Montevideo para examinarlo bien. Se dijo que hasta recurrieron al electro-shock, y hasta se sugirió (luego fue desechado dicho procedimiento) una lobotomía. Una tarde, reapareció en su banco. Estaba más delgado y más avejentado. Alguno se entreparó a conversar con él. Pero muy poco pudo sacársele, si alguien pretendió desenredar su historia. Casi tan familiar como fue el cambio del busto del prócer por una estatua completa del mismo, casi tan permanente como las palomas y los actos patrióticos en la plaza, era verlo a las cuatro de la tarde, sentado en el banco de la diagonal Sur – Norte, a aquel hombre flaco y viejo. Y solo. De muchacho, algunas veces, con una ramita de paraíso, trazaba en la grava de granito rojo un nombre de cuatro letras. Veinte años después, y luego del insuceso de su internación en la Etchepare, volvió a escribir, con la puntera del bastón que lo acompañó cierto tiempo, las cuatro letras que nadie pudo descifrar –como aquel "Rosebud" de "Citizen Kane"– y que el hombre, de joven o ya maduro, se cuidó siempre de borrar de la grava al abandonar "su" banco de la plaza. Textos incluidos en el libro de cuentos AMORSECOS – Ed. Banda Oriental |
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