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¿Cómo va el partido? Las preguntas de la edad
¿Cuál es el animal que al amanecer camina con cuatro patas, al mediodía con dos y al atardecer con tres?". Ese fue el enigma que la Esfinge planteó a los tebanos y que resolvió el forastero Edipo. Hay en ese mito una doble ironía muy griega. La respuesta, indispensable para la sobrevivencia de muchos, estaba al alcance inmediato de los que afrontaban el dilema. Desde la perspectiva vital en la que fue formulada, no era otra que su propia identidad: el ser humano. Por otra parte, el mito devela su enseñanza cuando se invierte la formulación del enigma, porque la verdadera pregunta es la que presenta como respuesta y la verdadera contestación es la que exhibe como interrogante. En realidad, pregunta: "¿Qué es el hombre?". Y propone una respuesta una respuesta cruel e insatisfactoria: "El animal que gatea en el amanecer de su infancia, que se sostiene sobre sus pies mientras el sol de su vida se mantiene despegado del horizonte y que, llegada la hora del crepúsculo, necesita del sostén de su bastón". Todo el universo que se manifiesta ante nuestros ojos sigue una ley en la que el crecimiento degenera, apenas se alcanza la cima, en una irreversible decadencia: así como el sol trepa y decae en las alturas, también el hombre crece y envejece al ras de la tierra. ¿Quién de nosotros no ha soñado más de una vez que se precipita, sin que nada lo sostenga, en un abismo tan vacío como insondable y luminoso? Los sicólogos interpretan ese sueño como una reminiscencia del pánico de parto. Los neonatólogos consideran que esta vivencia es la mayor crisis que el ser humano afronta durante toda sus existencia. Esta súbita transformación de un ser parásito en un ser autónomo, este pasaje de la tiniebla protectora a la luz imprevisible, esta irresistible extracción de un mundo estrecho, líquido y asordinado pero que nos alimenta sin exigirnos esfuerzo es, entonces, equiparable a la expulsión del Paraíso y algo parecida -¿quién en verdad lo sabe? – a la postrera sensación de despojo con la que, en la muerte física, aparenta desvanecerse la vida. Aunque invisible, la Esfinge tebana nos convoca ante ella a todos en cuatro tramos de la vida. Y es bueno que oigamos sus preguntas porque, en realidad, nos ayuda a que el descuido no nos exponga a que nos devore el paso de los años. Todas ellas tienen que ver con los desafíos que nos va planteando el tiempo. La primera pregunta casi no la respondemos, porque el conflicto que la suscita se dispersa en el lentísimo transcurso del tiempo desde la infancia a la adolescencia y porque el cuestionamiento se esconde en un cúmulo progresivo de deseos insatisfechos – o tan sólo diferidos – de ser admitido en el mundo de los mayores y que nos lleva a preguntarnos: "¿Qué me falta para empezar a ser?". Casi no despierta un cuestionamiento personal y resulta más o menos fácil echar mano al consuelo de que disponemos de una inmensa porción de futuro. El partido recién empieza. En lo personal, la segunda fase me fue más dura. Comienza a darse cuando lo que llevamos vivido y lo que nos resta – estadísticamente – por vivir se tornan cada vez más equiparables y ya no podemos diferir hacia el futuro la satisfacción de nuestras aspiraciones. "Ya soy, pero ¿qué soy?" No es cuestión de imaginarse lo que será, sino de ver lo que se es. Y, como todo cotejo entre deseos y realidades, la respuesta será un inventario más o menos cruel de frustraciones. Más allá de la rispidez de esta confrontación, queda el consuelo de la relativa reversibilidad de nuestro destino. Se está en la mitad del partido; podemos apretar los dientes y decir con el Mariscal: "Falta jugar el segundo tiempo". La tercera fase viene con la hipermetropía, los kilos, la calvicie, la necesidad de dentadura postiza y una dosis más o menos alta de desengaños. Nos damos cuenta de que ya hemos vivido gran parte de lo que nos tocaba vivir y de lo que nos resta es cada vez menos: "Ya soy un `fui´ más que un seré; entonces: ¿qué he llegado a ser?". El inventario de frustraciones de la etapa anterior se verá aumentado porque ya casi no nos queda tiempo ni posibilidad de modificar lo actuado para alcanzar modificaciones necesarias. El partido ya está casi enteramente jugado, el resultado parcial es casi definitivo. Apenas nos queda el sueño del gol en la hora. Pero, si se diera, ¿qué gol será? ¿El del empate o el de la victoria? ¿O el de la honra? No me siento todavía en la última fase, pero la he visto y la veo vivir. "La muerte – se me ha dicho – no es un hecho personal que ocurra tan sólo en un instante. En realidad te vas muriendo poco a poco, con cada ser querido que ya no te acompañará y con quien no podrás compartir la memoria que has vivido". "Prácticamente, sólo soy un `fui´." No nos queda otro futuro que la propia muerte y el presente ajeno. Nuestras expectativas se han desplazado vicariamente a nuestros seres queridos. "Que no me muera sin ver a..." Por supuesto, el tono vital de nuestra respuesta a esas cuatros preguntas dependerá de nuestras convicciones religiosas y será muy distinto si lo impregna o no de la creencia de la existencia de otra vida. Pero admitamos que la fe es, a lo más, una certidumbre y no una certeza. El moribundo que tiene la dicha de morir en una cama sólo ve – si no dispone de otra mirada que la nuestra – la pared que se levanta, opaca e infranqueable, más o menos cerca del pie de su lecho. Quedémonos, entonces, en nuestro `más acá´, el único que compartimos. Y, por ahora, preguntémonos: ¿qué rumbos debemos asignarnos para que nuestras aspiraciones, siendo lo más ambiciosas posible, resistan la confrontación con la realidad? ¿Qué podemos prever como realizable de modo que siempre nos satisfaga, en líneas generales, el ‘fui´ creciente que nos irán haciendo afrontar las cuatros sucesivas preguntas de la vida? Por mi parte, desearía poder decir que he vivido mi vida con avidez y benevolencia. Pero eso –si podemos incluirlo en nuestro respectivo futuro– deberá ser ocasión de otro encuentro. Publicado en Caras y Caretas / 30.4.2004 |
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