Contratapa

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Cajetillas “—Hemos andado mucho, pero hemos visto poco, ¿no te parece?
—No, los viajes recién empiezan después que uno regresa. Te lo digo yo que una vez fui a Montevideo, y recién cuando empecé a contarles a todos en el pueblo me dí cuenta de todo lo que había visto y era una cosa bárbara”.
(“El largo viaje de placer” de J. J. Morosoli)

a Soraya, llave de maletas y andenes, cerradura de ausencias.

Juan Manuel Luque
 

P

ará, ´cofla´, es la tercera vez en la noche que me saludás” me dijo la rubia turbinada cuando por error la saludé de nuevo. Pero en mis disculpas debiera haberle dicho que en esa fiesta para mi eran casi todas iguales; teñidas de rubio, de edad indefinida –entre 25 a 45– onda bebotas, todas preciosas vestidas de negro para matar, pero con vaqueros jeans gastados y llenos de agujeros, y todas con botas puntiagudas tipo brujilda. Pero no le dije nada, y seguí de largo en mí deambular entre dos luces buscando, infructuosamente, mi lugar en aquella fiesta ´cool´.

   Hace mucho tiempo leí –de hecho hace tanto tiempo que no sé siquiera si lo leí–, que el hecho de que alguien se mueva no quiere decir que haya viajado realmente. Lo adopté como cierto al conocer tanta gente que había viajado mucho y no parecía haber ido a ninguna parte. Y tanta otra que sin haberse movido de su lugar parecía haber viajado tanto. En este caso el punto era, debo reconocer, que hay otros mundos tan cercanos como desconocidos –para mí al menos–, por los que no hay que cruzar ninguna frontera. Apenas la del surrealismo que algunas escenas y situaciones –embarazosas– suelen crear para los ´outsiders´.

   Había caído invitado por la anfitriona a un cumpleaños doble en Pocitos. Fui bien temprano pues al no conocer a casi nadie, evitaba el estrés de tener que presentarme en una fiesta en marcha. Pero mi error fue doble. Al llegar a las 7 de la tarde Fernanda, médica, –y una de las cumpleañeras–, recién llegaba a su apartamento. (una cosa difícil de describir, una suerte loft de tres pisos ultramoderno, con conexión entre ellos a través de balcones desde donde se veían todos los pisos).

   Cuando llegó el primer invitado, un gordito metrosexual, vestido impecable de polera y pantalón al tono y calzando pantunflas, ví que iba a tener que ir a cambiarme. Me ayudó a partir el hecho que al estar sentado con él sólo, y sin nada que hablar le pregunté que hacía. “Soy médico” me dijo con un tonito a la vez botijeador y que descartaba cualquier posibilidad de diálogo. Simplemente no estaba a su altura. (¿por qué diablos será que los médicos en Uruguay tienen esas ínfulas de semidioses, siendo que la mayoría son tan patéticos? –he tenido algunos compañeros de liceo que era un milagro que lo hubieran terminado, y ahora forman parte de esa suerte de autoinstituido Olimpo-.)

   Al regresar a las 11, con mis mejores pantalones, completé –y comprobé- mi doble error. Todos estaban con jeans gastados y rotos por todos lados, ¡incluso algunos prendidos con alfileres de gancho! Y la fiesta en su plenitud. Entré a dar la mano a quien se me cruzara –incluidas a un lote de rubias–. Prestando tan poca atención que al llegar al bar en el tercer piso la turbinada me salió con que la había saludado por tercera vez! Sin desanimarme quedé en el bar, donde daban “margaritas”, que es como una caipirinha más cajetilla. En eso llega un gordo pelado de zapatitos de charol blanco. Me extiende la mano y me dice “R P P de W” (textualmente), yo lo saludo y le digo “J M L” calculando que la nueva ola era presentarse con las iniciales. El pelado me mira extrañado y también me descarta y se va.

   En el entrepiso un flaco de negro sofisticado –el Menchu nosecuanto- cantaba en inglés canciones de “dair estreits” o algo así –fue lo que escuché que alguien dijo-, tenía una guitarra mágica, ya que incluso cuando se agachaba a tocar algún botón de una consola eléctrica que tenía a sus pies, ésta seguía tocando!

   Seguía la fiesta y yo mi deambulo, pasada la medianoche con un timming perfecto llega un grupito megacool; los famosos cajetillas de Mujica! El exponente máximo era el “Juaca”, canchero a mil, también de edad indefinida, pelo cuidadosamente desordenado, barbita de tres días, pilchas de última ola, y saludando las rubias con solvencia, y éstas profesándole una inocultable admiración; un Adonis griego, un ´potrito´, el rey de la noche, sin dudas.

   De rebote me encuentro con Soraya, la otra única terraja de la fiesta –el otro era yo-. Nos sentamos en el bar y le comento en voz alta qué linda fiesta. El gordo de charol me oye y dice “pasa que esta es una fiesta llena de glamour”, como poniéndole la chapa a mi comentario y se va. Soraya me pregunta de dónde lo conozco a Armando. Le digo que no se llama así, pues nos presentamos más temprano y se llamaba RPP de W. Me siento ridículo cuando me explica que era el Relaciones Públicas de W lounge, un boliche super in de la noche. ¡Y yo que me había presentado como JML!

   Tratando de congraciarme con el gordo le pregunto, a su regreso, qué es eso del glamour. “glamour es gente linda, buena onda, pilchas, un feeling último”. Me quedo pensando en mis fiestas llena de gente fea, amigos borrachos y metelíos y mal vestidos y atorrantes, como los de Serrat.

   Me salva una de las bebotas que en un estado de excitación llega hasta el bar gritando: “chicas, chicas, el Juaca y el Menchu van a tocar juntos por primera vez aaaahhhhh!!”

   Las rubias se lanzan escaleras abajo en un agajajaia histérico y colectivo para no perderse ese acontecimiento. Termino mi caipirinha sofisticada y bajo al entrepiso, donde el cajetilla rey de la noche y el pelado de negro refinado cantan en algo parecido a inglés que todos corean, incluso Soraya que tiene a Pimpinela en su CD!! Siento que es el punto máximo de la fiesta, y voy a sentarme en un sillón raro que hay, tan bajito que es como estar sentado en el suelo. Con las rodillas en las orejas campaneo la apoteosis. Estaba notando cómo cantidad de gente se mandaban mensajes por celular entre ellos dentro de la misma fiesta, cuando llegan ellos; a las tres de la mañana, la frutilla de la torta: dos gorditos terrajunes de polera y anillos onda Paco Casal: los “maracanaces”. Vienen abriendo picada en la fiesta saludando a diestra y siniestra. Cuando se acercan hago por pararme para dar la mano, pero justo uno de los paquito casales se agacha para darme un beso, con tal coordinación que me lo da en la frente! Fue como una bendición no papal sino ´pacal´! El otro gordito vio la situación y me extendió la mano para saludar, pero de una forma tan rara y retorcida que aunque yo torcí la mía, apenas pude engancharle el dedo gordo. ¡Una onda surfista! Una vez terminada la ronda los paquitos casales se acostaron en los sillones. No se sentaron ni apoltronaron, se acostaron ´recopados´, como tomando sol en la playa! Todo un espectáculo.

   Me vuelvo al bar donde hay una de las rubias sentada como escuchando un ruido. Para conversar algo le digo que había leído hace poco que en nosedonde descubrieron que solo el 1% de los labios de la gente concuerda con los de otra, en forma, adaptación, sensibilidad, etc. y que se había estudiado que en un altísimo número de casos esas son las únicas parejas que se desarrollan con éxito. Estaba contentísimo con mi muestra de información y conocimiento de avanzada, pero sin impresionarse la rubia me pregunta “¿y cual es tu punto, cofla?”. Pues que la gente tendría que besarse primero antes de salir o siquiera pensar en hacerlo con alguien. La rubia piensa un segundo, se levanta, me da una mirada superexpresiva onda “cholulo, tarado!” y se va.

   Aún sin desanimarme me sirvo una caipirinha de estribo, justo cuando el gordo del glamour y charol llega y me da una tarjetita tipo invitación para “una propuesta que van a lanzar en W los jueves para gente de tu edad”. Y me confirma que es casi seguro que vaya Susana Giménez.

   Calculando que ya había hecho un campañón para mi cuerpito y posibilidades, frecuentando rubias, maracanaces y cajetillas, lleno de glamour y margaritas –y ´Lauritas´- invitado a una fiesta con Su, y hasta bendecido por Paquito, me pelo manso sin que nadie se enterara.

   Caminando al alba por Bulevar, me voy pensando en cuánta cosa hay para sorprenderlo a uno tan cerca. Y de las veces que para hacer un viaje antropológico no hay que ir tan lejos, lo que define acaso también que para muchos viajes no se necesitan fronteras externas, sino que ellos residen primordialmente en sensaciones internas, y no tanto en viajar ni ir a lugar alguno. Sino apenas cruzar alguna de esas fronteras invisibles que están tantas veces mucho más cerca de lo que las pensamos, si las pensáramos...

   así en la vida.

jmluque@adinet.com.uy