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Tacuarembó: El pueblo que se convirtió en mural
stá en Uruguay, se llama San Gregorio de Polanco y tiene el único Museo de Artes Visuales "callejero" de América Latina. Fachadas de casas, comercios, y hasta la iglesia, lucen pinturas de artistas plásticos. San Gregorio de Polanco estaba convencido de que si sus muros seguían blancos parecerían mustios. Y si bien es un fiel ejemplo de lo que se conoce como un típico pueblo del interior uruguayo, con pocas calles pavimentadas y muchas de tierra, de siestas silenciosas, también eligió ser el primer y hasta ahora único Museo Abierto de Artes Visuales de América latina. Hacia San Gregorio. Desde que se abandona la ruta 5 para entrar en la 43, que es la que llevará al viajero hasta la entrada de San Gregorio de Polanco, se reconoce la importancia de la actividad ganadera de la zona: numerosos corrales y muros de piedra acompañan los 60 kmts. que se deben recorrer hacia el sur del departamento uruguayo de Tacuarembó. Allí lo recibirá la simpleza y cordialidad de la gente del interior: sus tres mil habitantes, mayormente de ascendencia italiana, sirio-libanesa y española, son los dueños de las márgenes del río Negro y saben compartir ese privilegio con quienes se acerquen a conocer sus playas. Pueblo con historia. San Gregorio de Polanco se encuentra entre el verde del campo y el manso Río Negro, y es uno de los tantos pueblos que permanecen intactos, tierra adentro, por una extraña mezcla de olvido y resistencia después de sus más de 150 años de vida. Se sabe que fue un asentamiento indígena y que el paso accesible del río facilitó la estadía de los charrúas. El nombre por el que hoy se lo conoce se remonta a un comerciante de cueros, Andrés de Polanco, que tenía allí sus depósitos de mercadería y que habría elegido como protector a San Gregorio, apóstol de la región del Ponto (hoy Turquía), famoso por su santidad y su doctrina. La comunidad creció hasta los cinco mil habitantes, pero disminuyó notablemente luego de sufrir una grave inundación tras la construcción de la Represa Gabriel Terra, en 1945. El pueblo quedó en el lomo de una cuchilla, rodeado de agua, pero muchos pobladores resistieron y no abandonaron las orillas. El Museo Abierto. Hace doce años, los pobladores, coordinados por instituciones locales, ofrecieron las fachadas de sus casas y sus comercios, la capilla y hasta el tanque de agua para el museo. Pintores propios y de otras ciudades uruguayas, y alumnos y maestros de la Escuela Nacional de Bellas Artes se adueñaron de ellas para dejar plasmado su arte y llenarlas de colores y bellas imágenes, algunas abstractas y muchas otras realistas. La artista Ana Luisa Messa se ocupó de las paredes lisas de la iglesia, y con azules y ocres las colmó de arcos y columnas. Roberto Cadenas retrató al pueblo y también lo que esconden sus subsuelos. Leopoldo Correa se encargó de brindar un homenaje a la tradicional práctica del mate y Cecilia Matos pintó a un grupo de chicos en la gloriosa hora de salir de la escuela, luciendo los grandes moños azules que utilizan los escolares uruguayos. Augusto Esolk recreó la vida local desde sus orígenes indígenas, en media cuadra mural. Las valiosas huellas de los pintores Joaquín Torres García y de Joan Miró se verán en los murales a cargo de Gustavo Also. El taller Clever Lara se dedicó a singularizar el tanque de agua con naranjas y azules, que atrae la mirada de los visitantes desde el corazón de la plaza. El artista Carlos Guzmán dejó la marca internacional y en el mural colorido de su autoría firmó: "Este es un saludo del pueblo boliviano a San Gregorio y sus gentes". Así nació el Museo Abierto, inaugurado el 10 de abril de 1993 con 26 murales realizados tras seis días de trabajo, y que hoy ya cuenta con más de 40 obras. Dos días son suficientes para recorrerlo entero, ya que todos los murales se extienden sobre las dos calles principales, que conforman una T. Actualmente se está gestando un movimiento escultórico que complementará el arte mural predominante en los espacios públicos. Además de recorrer el Museo Abierto, vale la pena dedicar unas horas a una extensa caminata por las anchas e infinitas playas del río. La llamada Península Dorada entrará en el agua azul y límpida, espejo de un atardecer seguramente inolvidable, escoltado por un continuo pinar. Arenas que fueron oceánicas y hoy revelan su antiguo ingreso al océano Atlántico, fósiles, monte virgen, agua dulce y dunas móviles demarcan un ecosistema como quedan pocos en el mundo. por Romina Ryan, diario Perfil, Argentina |
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