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GUSTAVO ALAMÓN:

Aproximación al robot

Mario Delgado Aparaín

 

N

o es la primera vez que lo apunto: tengo la certeza de que, cuando en el futuro se trate la historia de la pintura uruguaya, se hablará de los robots de Gustavo Alamón como se habla de las niñas de "Cabrerita", los negros de Figari o las lunas de Cúneo. Por poco que se sepa de pintura, cualquiera que las haya visto reconocerá instintivamente en esas inquietantes, criaturas de emotividad muerta y remaches bruñidos, la constante endémica de nuestros años recientes, los lugares comunes de la alineación, la deshumanización vigilante, el autoritarismo a ultranza ejercido por determinados tipos humanos sobre otros.

   Los robots de Gustavo Alamón pertenecen a un mundo que ésta en las antípodas de los androides concebidos y defendidos por un Isaac Asimov dentro de la ciencia ficción; ni han sido concebidos para estar al servicio del hombre, ni tampoco son derivados de una presunta evolución tecnológica ni, menos que menos, están destinados a construir un mundo feliz. Alamón ha extraído el brillo inaccesible del robot, de la misma opacidad de la miseria; del mundo que rodeó su propia vida de bombero con recuerdos permanentes, de militar que simplemente "no le encuentra el gollete a la escenografía del fusil al hombro", de profesor de pueblo habitado por la nocturna melancolía de los grises, mundo al que ha sobrevivido doloridamente intacto.

   En esa concepción, donde apenas sobreviven las lejanas lecturas de historietas a la hora de la siesta en una casa del barrio Sandú de Tacuarembó (primeras fascinaciones dibujadas por los "comics" venidos del norte en torno a los juegos de la muerte), no entran las prover-biales "búsquedas de raíces" a que tan aficionados somos los uruguayos cuando convivimos demasiado con la angustia. Más bien, Alamón ha recurrido a una observación tan intuitiva como histórica de la intrínseca apariencia de nuestro yo y su espejo en el otro, en el denominador que se acomoda con perversión en el dominado. De ahí que si el "robot" anda en las proximidades de nuestro espejo, se revela con crueldad que ese animal de acero y mecánica, no es una entidad en sí misma: es algo emparentado con la máscara, compuesto poco a poco con la justeza gélida de la química inorgánica. Y, en última instancia es a ese denominador montado al que Alamón desmonta y observa ("El ser humano no es bueno, sino un animal. La humanidad a creado un sistema infame, con un arriba y un abajo" se dolía George Grozsz en 1925 y aquí estamos) y nos enfrenta y obliga a ver a ese denominador sin ojos, pero abarcador total desde su marco. Y al final, en el andar de otra mecánica, se lo comprende: el engendro está cabalmente desprovisto de epopeya, el robot se autogenera con trivialidades de la historia, con las convulsiones del minúsculo propio yo. Y a cada cual su propio infierno, su propio paraíso, su propio purgatorio.

   En cierta ocasión, Gustavo Alamón me habló largamente de sus "trivialidades" generadoras de lo que hoy vemos: "En aquella época, recién terminada la guerra, vivía en Tacuarembó y lo único que veía en el cine eran películas de guerra, con temas sobre el heroísmo, la defensa de la libertad, valores que se identificaban con el uniforme y todas esas cosas. Pienso que en aquella época, muchas vocaciones se moldeaban al influjo de lo que se veía en el cine, del mismo modo que hoy lo hace la televisión en buena medida con la medicina, estereotipando la figura del médico, o tal vez con la misma delincuencia juvenil... Pienso que del mismo modo sirvió para que yo me metiera en el liceo militar, para salvar la patria y hacer todas las cosas que uno soñaba. En aquel entonces, estoy hablando de los años cincuenta, el liceo militar era casi un albergue de menores. Estuve allí algunos años, viviendo la experiencia de un internado, bajo régimen militar, con sanciones, etc. En definitiva, concluí que se trata de una profesión que prepara al hombre para pelear, para la guerra, para deshumanizar al hombre a tal punto que el día que tenga que apretar la cola del disparador para matar a otro, lo haga sin pensar. En última instancia, el proceso educativo, la forma de vida de la escuela, el liceo militar y los cuarteles, hace a los hombres perder poco a poco esa vinculación natural con el medio, esa relación afectiva con el hombre, ya que su finalidad, el enfrentamiento bélico es matar al hombre. De ahí que a las carreras militares las veo en todo el mundo como iguales, sin distinción de regímenes. En esos ámbitos, los hombres son poco menos que mercenarios de la muerte, se los prepara como robots, se los programa para matar sin que sepa muy bien qué es lo que se defiende. Siempre fue así y seguirá siendo así, porque el objeto es el mismo. Aparentemente estaríamos preparados para defender la democracia, la libertad, la soberanía. Formidable. Pero también estamos preparados para defender cualquier cosa y eso es lo terrible del sistema, (...) Pues bien, yo quiero la destrucción definitiva del robot".

   Esa racionalidad de Alamón ha pautado su propio arte y esto ha conducido a que algunos vean "literatura" en su creación, mensaje, explicación, asimilando lo oculto a lo irracional y lo irracional con el arte. Pero en contraste con el universo tecnológico del robot, el arte crea otro universo de pensamiento y práctica contra y dentro del existente, cosmos de ilusión y apariencia. Sin embargo, la verdad ilusoria e imponente del arte (que nunca ha sido tan ilusoria e impotente como ahora, cuando se ha convertido en un ingrediente omnipresente de la sociedad administrativa) atestigua la validez de sus imágenes. Cuanto más ostensiblemente irracional se hace la sociedad humana, mayor es la racionalidad del universo artístico. Mayor es, en definitiva, su "literatura". Y bien leída, la "literatura" de Alamón es un arte de pacificación organizado por las imágenes de una vida sin temor.

   Por supuesto, bajo formas de ese algo emparentado con las máscaras y el silencio, porque el arte no tiene el poder de hacer posible ninguna vida, ni siquiera tiene el poder de hacer posible ninguna vida, ni siquiera tiene el poder de representarla como es debido. Más bien el arte y su intrínseca valentía es, como aquí, un gran rechazo.

Publicado en "Arte Uruguayo" - junio 2004