Contratapa

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La cuerda se tira para todos o para ninguno

Un justo testamento

Tomás De Mattos (*)

 

E

n ese tórrido amanecer de 1844, don Crisóstomo Menéndez, alcalde de San Fructuoso, iba recién en su cuarto mate, cuando apareció un carruaje en el propio patio de los dos ranchos de su chacra y el diminuto procurador Torcuato Píriz, excitado e imperativo, se apeó de un salto; informó que el brasilero Reginaldo Claro Da Cunda ya se hallaba casi boqueando y quería hacer un testamento antes de morir; invadió la cocina; depositó sucesivamente en la mesa tres fojas en blanco, un tintero y una pluma, y con una mano le indicó que se ubicase frente a los papeles, tratándolo como si fuera su amanuense."Usted es nuestro alcalde; usted es el que tiene que extender el testamento. Pero no se asuste, que lo voy a ayudar". Dijo que don Reginaldo se había despertado esa misma noche, muerta la mitad del cuerpo, con la cara torcida y sin habla; pero que días antes, tal vez porque ya no se sintiera bien, le había encargado que redactara un testamento para regularizar su unión con la Pascuala y reconocerle los cuatro hijos. "No quería... no quiere que su esposa, la arpía que en Alegrete lo llenó de guampas, la despoje a la Pascuala de lo mucho que aquí hicieron juntos". Y sin más, sacó unas notas del interior de su levita y empezó a dictarle.

   El novel alcalde, para sentirse digno, tomó un mate más; hundió la pluma en el tintero, pero todavía se concedió su tiempo para liarse un cigarro.

   El dictado se demoró, sobre todo, por las numerosas previsiones a las que obligó la caudalosa fortuna aquí acumulada por el brasilero, quien –según las mentas- se había fugado de Alegrete trayéndose muchas libras esterlinas. Así, las tres suertes contiguas de estancia, que contenían el casco, fueron adjudicadas a Pascuala; otras cuatro, dispersas entre sí, se destinaron a cada uno de los cuatro hijos; y el mejor campo, el de Zapucay, se reservó para el procurador Torcuato Píriz, en "razonable pago de este servicio y de otros muchos" prestados al testador.

   Durante el viaje, Crisóstomo se fue sumiendo en un creciente desasosiego. Le asombraba que don Reginaldo, a pesar de que fuera dos años menor que él, no hubiera tomado con tiempo las necesarias previsiones para amparar a sus hijos. ¡Quisiera tener la décima parte de su fortuna para asegurar el destino de los suyos! Y le dolía que jamás pudiera agenciarse una suerte de estancia en un solo día, como lo estaba haciendo ese enano leguleyo, al que tanto detestaba.

   Al arribo, saludaron a la inminente viuda, impávida pero pálida, y raudamente se abrieron paso entre el lloroso grupo de sirvientes negros, hasta llegar a la sofocante alcoba en la que, diríase, ya se respiraba el desagradable tufo de la muerte. Los postigos estaban cerrados y el enfermo, a pesar del calor, cubierto con cobijas que lo cubrían hasta los labios entreabiertos, pero inmóviles, sin que los incomodaran dos moscones. Lo sentaron en un sillón ya ubicado a los pies de la cama, junto a una mesita en la que se posaba un candil; y el procurador lo apuró sin decoro: "¡Que ya se nos va!"; y le encomendó: "¡Hable fuerte que lo escucha! ¡No le explique nada que él ya sabe que debe asentir con la cabeza!". Y así fue, para su inicial sorpresa. La muda cabeza de Reginaldo fue consintiendo, rotundamente, acaso con excesivo vigor, cada una de las disposiciones del testamento.

   Convalidado que fue el legado para el segundo hijo, Crisóstomo escrutó al testador y, apartados sus ojos del candil, vislumbró en la penumbra cómo asomaba, apenas, tras la oreja derecha, la punta de una cuerda que hubiera servido para ahorcar al maloliente testador, si aún viviera. Dejó su silla y halló debajo de la cama lo que esperaba: las desvaídas plantas de los negros pies de Vovó Preto, el inseparable compañero de don Reinaldo. Demoró en reincorporarse para deliberar qué haría enseguida. Pascuala prorrumpió en llanto y huyó de la habitación. Así, casi neutralizó la aversión que Píriz provocaba en el alcalde. Pero, sobre todo, lo apiadaron los sucios y encallecidos pies de Vovó. También pensó en sus propios hijos. Quizá por eso, sorprendió al procurador, quien ya había abatido la cabeza y le rehuía la mirada, volviendo a su sillón y prosiguiendo la lectura del testamento, con la hijuela del tercer hijo. Pero como Vovó también había aceptado la derrota, don Reinaldo mantuvo inmóvil la cabeza. Súbitamente, Píriz había recuperado en un instante su enérgica petulancia "¡Vovó!", clamó, con total desparpajo. Y la cabeza de don Reinaldo se apuró a ratificar la disposición que había quedado pendiente.

   Impertérrito, Crisóstomo enunció la previsión para el menor de los hijos, y el brasilero, como si hubiera vuelto a concentrarse en el testamento, la consintió enseguida.

   Preguntó entonces el alcalde: "¿Deja también al procurador Torcuato Píriz una, tan sólo una, de las dos suertes de campo que usted posee sobre la costa del arroyo Zapucay?". Reginaldo, desconcertado, no movió su cabeza. Y Píriz protestó con vehemencia: "¡Alcalde!¡Son dos!¡Y no una sola!". Sin mirarlo, Crisóstomo respondió con voz firme: "Señor procurador, o la cuerda se tira para todos o no se tira para ninguno". Píriz le dio la espalda, unió sus manos para atrás, las mantuvo unidas con inusitada crispación, y acercándose al muerto, volvió a carraspear. Reginaldo, entonces, consintió la reducción del legado. Satisfecho, el alcalde le preguntó: "¿Deja la mitad de la suerte de ese campo de Zapucay, de la que todavía no ha dispuesto, a los menores Antonio, Francisco, Inés y Pilar Menéndez Villa, hijos de Crisóstomo Menéndez en Adelina Villa?" Sin que el procurador diera su indicación, la cabeza se movió sin vacilaciones. Sonriente, cruzando las piernas con una seguridad que nunca lo había asistido, Crisóstomo se embriagó con el placer de usurpar el dictado de justicia, al preguntarle al muerto, dando por descontada su repuesta: "Y, por último, ¿deja la otra mitad de la segunda suerte de ese campo de Zapucay a su fiel servidor, el negro apodado Vovó Preto?".

   Vuelto a la vida con entusiasmo, Reginaldo movió su cabeza no una sino tres veces y, como si su eufórica voz saliera desde debajo de la cama, dio el verdadero nombre de su criado, tomando la precaución de repetirlo: "¡Zé Da Cunda Neves! ¡Zé Da Cunda Neves!".

(*)Ficción libremente basada en anécdota recopilada por Ramón P. González en su libro Tacuarembó, Págs. 302 a 303.
Texto publicado en Caras y Caretas - 28/11/2003.


¿Dónde están los mitos? (I)

Ana Rodríguez

 

A

lgunas personas se preguntan por qué no he escrito aún sobre Alejandro. Estoy en un Magic bus en la ventana No. 1 rumbo a Montevideo. Alejandro no sé dónde está.

   Creíamos que esta vez sí iba a pasar el verano con nosotros, allá en Valle Edén. Como estoy casi segura que la cebolla tiene que ver con la amistad, lo veía en La Aldea, cosechando lo que plantó.

   Yo aprendí a recibir las semillas de la cebolla con él, y de muchas otras plantas más. Alejandro me enseñó a mirar.

   Recuerdo aquel verano en que habíamos mudado unas plantitas de zapallo al monte. Hasta podría culpar a los zapallos y melones de mi aterramiento en el Valle: las plantas parecían crecer cada vez que las miraba. Cada cual vivía en su carpa y un día hicimos un experimento. No era una idea muy original, los padres –ya muertos- de ciertos vecinos solían sacar algunas producciones del mato. Pero cuando entrábamos allí todo era tan verde…

   En una granja de membrillos abandonada las uñas de gato habían tomado cuenta. Yo sospechaba que todo tenía nombre, pero en aquel entonces sólo balbuceaba "za-pa-llo, me-lón".

   "¡Otra vez se los comió un bicho!", maldecía.

   Y pensar que había abandonado todo lo que conocía porque las poderosas plantas crecían y había fruta en los árboles. Dejé mi familia, mis amigos, mi trabajo y mi cuarto lleno de objetos.

   Porque Alejandro me estaba enseñando a mirar y los vecinos a poner nombre.

   La handy cam con la que había estado preguntando por El Divino y las brasas del 23 de junio y todos los libros que había leído, lanzados con fuerza por la ventana.

   Pensaba, ¿leer gente por papeles? Una Ana moría mientras otra crió nueva piel y comenzó a estudiar quinta por correspondencia.

   Por extraño que parezca, en aquella campaña anterior a la crisis del 2002 la gente había "olvidado" plantar. Por eso él que llegó caminando, sin traer nada y sabiendo tantas cosas, se hizo cargo de la quinta de la escuela. Semanas después de estar dando vuelta tierra culo pa’arriba, visto que no era un comedor de niños ni un violador de mujeres ajenas, alguien le confesó "la quinta no es ahí, hay mucha piedra, probá más allá".

   Y las lechugas brotaron como conejos, cuando se fue. Y los tomates, sabían a carne de cordero. Hasta melón y frutillas, nos dejó.

   Nos dejó. Caminando por la ruta, sin nada en los bolsillos. Me dio un balde, una olla, un campamento con carpa, sus trabajos y sus semillas.

   Trabajábamos por la comida. Era verano, creíamos que no necesitaríamos del dinero. Estábamos en Valle Edén, pero se fue. "Quiero aprender a sacar los peces del agua", dijo.

   Y caminó hasta unos pescadores de Santa Catalina que hacían la temporada en San Luis. Recuperó un bote que él mismo había construido (parece que también ahí había estado) y aprendió a pescar, en agua dulce y en agua salada.

   La primera vez que se alejó yo no sufrí tanto. Estaba muriendo y me ocupaba de mi nuevo nacimiento. Una antropóloga en el campo, debe escribir. Aunque tenga una serpiente celeste atornillada en las caderas.

   También recuerdo que llovió mucho ese verano.

Magic bus, dic/2004
aruera@adinet.com.uy