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EDITORIAL

 

Saúl Posada

OPINION

 

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En enero en Tacuarembó no hay nada para hacer, no existen propuestas... Nosotros vamos a visitar a nuestros familiares, y nos encontramos con que no hay otras atracciones”. Son frases que repiten los visitantes que llegan a la capital departamental y también los vecinos que principalmente por razones económicas quedan en Tacuarembó durante el mes de enero. El tema es antiguo y refleja la ausencia de un desempeño válido –desde hace muchos veranos– de quienes ocupan cargos preponderantes en las áreas turísticas, culturales y deportivas de nuestra sociedad (a no ser que también ellos elijan enero para tomarse vacaciones).

   “Acá hay unos cuantos grupos de rock, pero nadie nos da importancia”, protestaba un adolescente roquero; “lo único es ver jugar la selección, otra cosa no hay” nos decía un viejo futbolero; “parece mentira que en el pago donde hay tantos cantores y poetas, no se organice nada en verano”, reflexionaba un reconocido cantor popular de trayectoria nacional, mientras se bañaba en “Las Tosquitas”. Si escuchamos a quienes les gusta la fiesta de Momo, las quejas se despintan y son directas: “¡Terminaron con el carnaval de Tacuarembó!”, es la frase lapidaria de unos cuantos carnavaleros y no tan de antaño.

   Salvo emprendimientos quijotescos privados, hay razones en las expresiones citadas. En un Uruguay de cambios, donde otras zonas exhiben atractivas propuestas turísticas y culturales junto a la población, por acá continuamos estancados en un siglo que caducó. El arte y la cultura refuerzan la identidad –tan necesaria en tiempos globales– y lo turístico, por reducido que sea, ocasiona un ingreso económico genuino –tan necesario, también, en los últimos tiempos–, por lo tanto son áreas que merecen una mejor atención por parte de las autoridades. Si por un lado rezongamos con adolescentes y jóvenes “porque no hacen nada”, competencias deportivas entre los centros de barrios o festivales con música y poesía serían una respuesta acertada a esos rezongos. Y si esto pasa en la capital departamental, ¿qué pasará entonces en el interior del departamento? También vale la pregunta.

   Estamos en democracia, reclamemos. La sociedad debe asumir responsabilidades y organizarse para ofrecer a aquellos que eligen el calor del verano en Tacuarembó, una propuesta creativa y válida para estos tiempos. Estimamos que conjugando cultura, deporte y turismo con convocatoria vecinal, nuestros veranos se disfrutarían con otro calor y color, incluso el resto del año.

La educación como práctica de la libertad

P

aulo Freire, indiscutiblemente un pensador comprometido con la vida, desarrolla en su conocida obra “Pedagogía del oprimido”, un formidable alegato a favor de la cultura popular, con el claro designio de que en los programas educativos, la persona cultive sus conocimientos en un clima de auténtica libertad. En esa línea de pensamiento Freire se introduce en la relación que debe tener el maestro con el alumno, para señalar con otro lenguaje, que la alfabetización no equivale a memorizar palabras, sino buscar el significado de cada una de ellas, para construir a partir de esa investigación una porción del saber.

   Está demostrado, que la plena autonomía espiritual se alcanza cuando la persona se enriquece con una cultura general, la que ulteriormente la capacita para mejorar su intelecto y depurar su tarea evaluadora. En este recorrido, que nace en el banco de la escuela o en el propio hogar, el titular de la soberanía ensancha sus conocimientos, para enfrentar los problemas que le depara la vida y satisfacer sus demandas sicológicas. Los testimonios de la realidad indican que muchas veces, la ciudadanía no es correctamente informada sobre los temas que involucran a todos, determinando que a la hora de opinar o decidir a través del sufragio, carece de elementos fundamentales para conformar un sólido punto de vista. Y como es lógico, en ese marco de ignorancia la persona no puede ejercer con plenitud, el legítimo derecho del participar con idoneidad en los trascendentes asuntos que atañen a la sociedad.

   Como advertirá el lector, en este contexto una franja importante de la comunidad, cede o renuncia involuntariamente su espacio de gravitación, en beneficio de quienes ostentan el poder y trafican con las influencias. Recordemos que los titulares de este sector privilegiado, suelen argumentar que las masas incultas no están preparadas para intervenir en la dilucidación de los problemas del Estado. La necesidad de que el pueblo acceda al conocimiento, para que esta discriminación no siga cumpliendo su autoritario papel, comporta un objetivo al que los sectores progresistas no pueden renunciar, ya que resulta ilusorio esperar que la población sumergida en la pobreza, tenga fuerzas intelectuales para discernir como se construye un orden socialmente justo. Por ello los sistemas imperantes hasta el 1º de marzo dieron continuas pruebas de que no veían con buenos ojos que la gente humilde se instruya sobre ideologías y políticas de Estado, porque saben que con la educación el individuo progresa en sus razonamientos y convicciones.

   La democracia no se fortalece ni se dignifica en un clima de desinformación y analfabetismo; fenómenos creados arbitrariamente en las alturas para que “el populacho” como suelen bautizarlo, siga subordinado sin parcelas de libertad. Ésta se logra solamente a través del aprendizaje diario, durante toda la vida, bajo la consigna de que la cabeza se hizo para pensar y no para llenarla de cosas pensadas por otros.