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El arquero y el goleador
no de los aspectos que siempre me han preocupado en el aprendizaje del vivir es la muy desigual entidad de los instantes que componen nuestra existencia. Casi siempre cursamos tiempos que valoramos como débiles, sin que estemos demasiado equivocados: en sí mismos, en muy pocos son aptos para definir nuestro destino, aunque, juntos, si logramos imprimirles un mismo sentido, se transformen en unidades de un proceso decisivo. Muy dispersos en ese tiempo débil, explotan instantes muy fuertes, que nos plantean cuestiones en las que realmente se juega nuestra vida: trátese de la misma subsistencia o del rumbo que, de ahí en más, tendrá nuestra existencia. Y, siendo de por sí trascendentes, a veces reconocemos su importancia recién cuando, transcurrido un tiempo, los recordamos. Curiosamente, muchos de esos escasos momentos de nuestra vida, si bien no los hemos olvidado, los mantenemos en muy relegados rincones de la memoria. Yo, por ejemplo, muy de tanto en tanto recuerdo aquel atardecer de primavera, de luz más violácea que rosada, casi posada en los dos pinares que había a ambos costados de la Ruta 5 por la que, en el fusca de mi padre, regresábamos de Rivera a Tacuarembó con mi tío Malaquías, el dramaturgo frustrado. Conducía yo y venía bastante rápido, para adelantarme lo más posible a la oscuridad de la noche. Trepamos un repecho, y al llegar a la cima de la cuesta, me topo con dos jinetes atravesados en la carretera, a no más de veinte metros, con una escasa luz entre ellos que apenas sobrepasaba, diría un carrerista, tres cuarto de cuerpo. Entonces, Malaquías gritó imperativo: “¡Por el medio, pariente!” Lo obedecí, en parte por esa ciega confianza que le dispensa un sobrino joven a un tío viejo y, en mayor medida, porque no se me había ocurrido ninguna otra maniobra. Sé que pudimos pasar en medio de los dos gauchos, porque el que iba adelante espoleó a su caballo y el que iba detrás lo sofrenó, pero nunca sabré como les dio el tiempo para generar la brecha que pudo hallar el fusca. No nos sobró el ánimo para putearlos. Habremos andado un medio kilómetro y recién entonces Malaquías juntó fuerzas para decirme: “No teníamos otra que darles la oportunidad... Frenaba usted y nos juntaban con cucharita; a nosotros y a uno de ellos, si no a los dos”. Siempre fui consciente de lo que pudo haber pasado si no lo hubiera tenido a Malaquías a mi lado y, por añadidura, si los gauchos no hubieran maniobrado como él previó. Desde esa vivencia creo haber aprendido que, a lo largo de nuestra existencia, se nos presentan situaciones que ponen en juego nuestra vida, o al menos el rumbo, exigiéndonos una respuesta instantánea, que conviene que sea más automática que razonada y que será mejor cuanto mayor sea el bagaje de nuestra experiencia. El tránsito y el deporte son, por supuesto, ámbitos en los que abundan este tipo de encrucijadas. A todo arquero, por más talentoso y experimentado que sea, le hacen goles; pero no es lo mismo atajar en la selección uruguaya de 1950 o de 1970 que en ésta. El incidente imprevisto que nos sea adverso debería sorprendernos, por lo menos, en una actitud de razonable prevención. Y el otro, el que nos resulta favorable, unas vez producido, debería reunir frente al “golpe de suerte” el mérito de haberlo sabido buscar, con paciencia e inteligencia. Para uno y otro tipo de suerte, creo que son válidos los ejemplos del arquero y del goleador. Yo admiro, más que a los arqueros acróbatas –aunque todos han de serlo, cuando les llegue la exigencia de volar de palo a palo–, a los que previenen el riesgo, impidiendo que se genere, no dejando que crezca hasta que sea difícil o imposible conjurarlo. Por eso siempre he considerado que una de las tardes más amargas de Mazurkievicz ha sido, a la vez, una de las más gloriosas: me refiero a aquel partido de Hannover, el 15 de junio de 1974, en el que con una actuación descollante consiguió que uno de los mayores “bailes” que haya sufrido una selección celeste, ante el “fútbol total” de Holanda, se cerrara con un magro –y casi honroso– 2 a 0. Yo quisiera sellar el arco de mi vida con la misma atinada e impávida solvencia del Mazurca, reduciendo al mínimo posible los casos de defensa extrema, las ocasiones para atajadas espectaculares. La solidez y no el brillo. Los lectores sospecharán que, después de la rojiblanca de Tacuarembó, pulsan en mí las imborrables fibras del manya pero, pasando a hablar de goleadores, me veo obligado a convocar a Alberto Spencer. En una época en la que Bengoechea había divulgado ocho pautas para tirar un penal, el goleador ecuatoriano me dijo que los secretos del goleador se reducían a dos. Empiezo por el último: hallarse en condiciones, por el manejo de las dos piernas y de cualquier sector de la cabeza (frente, sienes, nuca, parietales) y por la capacidad de colocar el cuerpo de la mejor forma posible para aprovechar la más mínima oportunidad de gol. Y termino con el primero: buscar los sectores del área por donde no está la pelota, porque por allí será más fácil zafar la marca. No buscar la pelota, sino que ella, por acierto de un compañero, error de un adversario o por pura suerte, vaya hacia la soledad del delantero. Para quedar bien con los bolsos, no callo un comentario de Spencer: “Me cansé de ver aplicar las misma receta a Artime. Por eso, tal vez, nuestros goles no solían ser espectaculares”. La humildad de la eficacia. Pienso que esos dos consejos son muy certeros para los goles que hay que marcarle a la vida. Porque la vida, como un partido de fútbol, puede ser definida como un juego: un juego de defensa y ataque en pos de una victoria, tanto individual como colectiva, en que la suerte –por ciega– sea lo menos decisiva que se pueda, aunque nunca nos falte la buena ni se nos caiga encima la mala. (Estediario 15.11.05) |
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