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Contratapa |
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de plateas y sensaciones ¨Los mundos exóticos deben ser vividos antes para ser entendidos luego¨. Alejo Carpentier
ubo como una suerte de ruido silente. Acaso como una onda de exclamación en forma de murmullo. Solo recuerdo haber sentido una silla caer. Y decenas deslizarse. Me acerqué a la aglomeración de gente al otro lado del restaurante popular y llegué a ver un chino en el suelo en una extraña contracción. Me pareció que era un ataque de epilepsia. Supuse que se le pasaría y probablemente lo mejor fuera dejarlo tranquilo. Vuelvo a mi mesa circular que comparto con unos circunstanciales compañeros de comida, y enseguida, en el imposible lenguaje chino, creo distinguir un "doctor, doctor". Bueno, pensé, por suerte llegó un doctor, y seguí metiendo palitos a los tallarines. Mas al minuto me tocan el hombro, repitiéndome "doctor, doctor", señalándome el cuerpo contraído en el suelo que ahora estaba rodeado de una centena de comensales que habían abandonado sus mesas comunales, y en una suerte de ansiosa platea me miraban con aprehensión. La República Popular China es algo difícil de definir. Mis primeras visitas fueron en los años 80 cuando aún no existía en los paquetes de viaje, y la inmensa mayoría de la gente vestía trajes Mao, azules o verdes, incluso en las ciudades. Antes de los Mc´donalds, los hoteles de lujo, las ropas de marca, los Nikes y el gradual proceso de occidentalización que transcurre hoy. Mi primer recuerdo se transporta a una gélida madrugada de diciembre en que me bajé, luego de 2 días, de un tren en que llegué desde Hong Kong a Beijing -cuando aún se llamaba Pekín-. La casa de los hechos a veces es demasiado chica para las fantasías reales donde uno termina inmerso en mundos remotos, y hay que salir de ella en busca de un espacio mayor; intentar describir la China de esos días es adentrarse al terreno de las sensaciones más que en datos descriptivos. Cientos de miles de bicicletas que se deslizan como olas, refrenadas apenas por los semáforos de las grandes avenidas. Gente que choca, se caen, se levantan, continúan, siempre con unas ansias extrañas en sus rostros inexpresivos. Cargando absolutamente de todo en sus antiguas bicicletas todas tan idénticas como sus conductores. Árboles, televisores, muebles, chanchos, patos... se dice que lo que no puede cargar un chino en una bicicleta, lo cargan dos, en dos bicicletas. Hay una vitalidad y un trasfondo extraño en ese mar humano donde se define sin palabras la esencia de ese pueblo. Solo el salir de la estación central de Pekín, con sus múltiples túneles y corredores con letreros que eran solamente en caracteres chinos, aún con la estación vacía sería una hazaña. Pero es imposible hacerlo en la horda humana de cientos de miles de personas apuradas, llenas de bultos, empujándose sin merced. No sabía donde iba, en esa época solo había un hotel que recibía viajeros individuales del exterior, y no tenía ni idea de como llegar a él. Lo único a que acerté fue a dejarme llevar por la marea de gente, de tal que terminé en una pequeña plaza en frente de la gigantesca mole que era la Central. Al minuto de estar quieto ya tenía una audiencia de docenas de personas que me rodeaban simplemente mirándome. Los extranjeros eran tan extraños como marcianos en esa época. Todo Pekín era gris, oscuro, frío, hostil. Todo el campo era gris, oscuro y espartano. China toda era gris. Viajar sólo en sus sendas interminables era una experiencia de capacidad de adaptación y un verdadero viaje al interior de uno mismo. Pues en ningún lugar uno se siente tan solo como cuando está con mucha gente. Y en ningún lugar se está con tanta gente, constantemente, como en China. En esa época pocas casas tenían baño, aún en la capital; a los efectos había en cada manzana lo que se llamaban los baños populares... Consistían en cuartos de baño comunales donde los vecinos iban a hacer sus necesidades en toiletes tipo ¨taza¨, alineados en el suelo donde uno en cuclillas hacía sus "negocios" casi haciendo rodilla con el evacuante de al lado. La única separación era entre mujeres y hombres. No hubiera sido tan difícil -el viajero a lo largo se acostumbra a "hacer por ahí" en cualquier circunstancia-, si no fuera porque uno con su cara, sus ropas y aires diferentes, era la atracción de la gente a toda hora. Aún en los baños -quizás especialmente-, teniendo entonces una suerte de fonoplatea que lo seguía atentamente. Viajar en la República Popular no es un viaje donde se apueste a las emociones, como lo puede ser hacerlo en África. Es más que nada un viaje de sensaciones. Incluyendo fundamentalmente al sentido de uno mismo. Es difícil de poner en palabras. Es que de esas dificultades logísticas constantes, de la soledad y aislamiento cultural constante y real que se siente, pasan muchas cosas por la mente del viajero. Hay, primero, un proceso de simplificación práctica; lo primero es poder conseguir un rumbo, un destino con su medio de transporte, un lugar do quedarse, comida. Todo eso que uno no lo considera en la vida real, pasa a ser la razón diaria primordial en esos lares. Lo que termina dando una libertad muy especial, donde uno deja de ser el producto del pasado que somos -y las proyecciones de los otros-, o las ataduras del futuro. El viajero es solo lo que es en el momento, y nada más. Es una de las sensaciones más refinadas por la que muchos viajeros básicamente nos hacemos a los caminos. La nostalgia impregna un goce raro en los recuerdos. A la distancia aquellos mercados nauseabundos que aborrecí tanto, tienen otro sepia. Llenos de sapos, víboras, cangrejos, comadrejas, perros y gatos... que mataban en el instante luego de ser elegidos, para vender la carne al kilo, adquieren el rótulo de experiencias antropológicas, siendo este otro de los nortes del caminante. En un pueblito del sur vi un funeral una vez; todo el cortejo venía caminando... marcha atrás! Adelante dos personas tirando cohetes; luego la gente en filas de 3 o 4, todos caminando hacia atrás!! Los parientes, supuse, venían llorando a gritos, sostenidos cada uno por otras 2 o 3 personas, arrodillándose cada 10 metros. Y al final venía el féretro, lleno de flores, inmenso, cargado por varias personas, y por último una con una foto gigante de la difunta. Los restaurantes populares vendían generalmente comida fija, fideos o chopsuey, poca cosa más. Eran muy baratos y la gente se sentaba toda junta en mesas grandes, generalmente redondas. Aquel mediodía los comensales que estaban conmigo en el restaurante no me sacaban los ojos de encima. Incluso uno se aventuró a preguntarme de donde era y qué hacía, en un inglés apenas entendible -pero mucho mejor que mi rudimentario conocimiento del imposible idioma chino con sus conceptos de tonos imposibles para uno-. Le dije que era veterinario. Pero no hubo forma de hacerme entender. Al final quedamos en "animal doctor". Obviamente no entendió la primera acepción, desde que era uno de los comensales de mi mesa el que me señaló desde la pequeña teleplatea que se formó alrededor del chino con el ataque de epilepsia. No tenía mucha idea de qué hacer, pero en el momento pensé que el resto de los presentes eran más ignorantes que yo al respecto. Y, rodeado de un murmullo aprobatorio -y alguna palmadita-, fui a ver al chino en el suelo. Recordé que en estos casos hay prácticamente muy poco que hacer -vigilar que no se asfixien con la lengua o se la laceren-. El ataque estaba en una segunda fase y la peor parte estaba pasando. Pedí a los "espectadores" que se alejaran y acomodé un par de manteles enrollados bajo la nuca del chino que sangraba un poco por el golpe. A los pocos minutos volvió en sí, se sentó y pareció estar perfectamente. Volví a mi mesa; los compañeros que había en ella ahora parecían estar muy orgullosos de mi acción "mágica", y el restaurante mandó incluso un par de cervezas! Así como esto que relato aconteció en planos diferentes de conocimiento; yo no hice nada frente al hecho, pero para el resto había hecho un pequeño milagro: así hay planos de análisis diferentes y paralelos de ese mundo tan vasto y exótico como lo es China Continental. Desde verla en los años 80 al emporio del capitalismo consumista que se ha instalado en sus urbes actualmente, desde que Deng hace un par de décadas declarara que hacerse rico era válido -"glorioso dijo, de hecho"-, e iniciara un fantástico experimento con un sistema económico capitalista en un sistema político comunista. Me quedan, de varios viajes a ese fantástico mundo los problemas interminables para el transporte, los trenes eternos, los modales semisalvajes de los chinos al hacer colas donde no se respeta orden ni figura alguna, su increíble curiosidad ante todo lo medianamente diferente. Me queda el lecho del Yang-tse horadando cañones interminables, el bosque de mármol, el mausoleo de Mao, Tiananmen, Chengu "la revoltosa", y esas mujeres chinas tan distantes y tan omnipresentes a la vez. Los sabores y olores que por los puentes de la memoria se colorean en las esquinas donde uno fue apenas ese punto restringido al presente de esas sensaciones que se dan tan pocas veces. He vuelto varias veces luego de aquella primera vez, y en cada regreso he encontrado realidades diferentes. Al final hube de concluir que las realidades tienen ellas mismas varios niveles diferentes. Y en cuanto a China se refiere, la verdadera sigue oculta. Algunas veces me pregunto si al final existe solo una. Así en la vida también... |
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