|
Página 8 |
«Haga algo para que no tiren abajo la casa de Carlos…haga todo lo que pueda. Yo solamente puedo tratar de vivir un poco más. Tengo 94 años…Gardel también era uruguayo. Hable con Eduardo Morera, júntese con los argentinos…trate de que le declaren monumento histórico. Si la tiran abajo sería un delito. Hágalo por Carlos, que fue mi amigo…»
stas palabras, casi desesperadas, del gran Enrique Cadícamo a quien esto escribe las pronunciaba el viejo poeta –que es el autor más grabado por Gardel: ni más ni menos que 23 temas– en un bar de la calle Lavalle, a pocos metros de la sede de la Sociedad Argentina de Autores, Intérpretes y Compositores (SADAIC). La casa que perteneciera a Carlos Gardel todavía resiste, con aire de abandono y decadencia, en la calle Jean Jaurés 735, a una cuadra del que fuera hasta hace pocos años famosísimo Mercado de Abasto, donde ahora crecen los pastizales, pululan los gatos y duermen algunos vagabundos. Esa casa, construida en el siglo pasado, fue originalmente una pensión donde vivió doña Berta Gardes con el niño que más tarde, cuando lo alcanzó la fama, la compró para que viviera la mujer que lo había criado. El cantor se había trasladado a una finca de la calle Rodríguez Peña pero no dejaba de frecuentar la casa del Abasto, en los tiempos en que ratificó su nacionalidad uruguaya (1920) que consta en todos sus documentos. El dolor de Cadícamo «Carlos jamás hubiera querido que se demoliera la casa donde creo que fue a vivir a los 3 años de edad», dice el célebre autor de «Nostalgias», y otros numerosos clásicos del tango, durante la entrevista con EL PAIS. «Sé que en Tacuarembó le van a hacer un monumento», expresa con alegría, para desgranar de inmediato algo que le surge del alma: «¿por qué no procederemos igual que ustedes los argentinos?. Haya nacido en Tacuarembó, Toulouse o Groenlandia, Carlos era un cantor de Buenos Aires y no puede ser que su patria artística lo olvide. Usted, que es joven, haga todo lo que pueda. No se olvide que Gardel era rioplatense, como nosotros.» Cadícamo se enfervoriza con el vigor y apasionamiento de un joven, y quiebra nuevas lanzas en el diálogo: «Hable con el presidente si es posible. No demore un minuto, porque la casa puede ser demolida. No quisiera sentir ese dolor en el ocaso de mi vida…porque puede ser el último…» Cadícamo está agrietado por los años, pero aún conserva, sin embargo, mucho de aquella pinta afrancesada que lució en los tiempos en que compuso, junto al uruguayo Gerardo Matos Rodríguez, «Ché papusa, oí» y luego «Madame Ivonne», así como una retahíla de tangos que inmortalizó la voz del más popular cantor de Occidente. Este hombre, cuyo principal asombro es vivir todavía, más que un letrista de tango ha sido un poeta y, a menudo, un poeta mayor, de esos que nos hacen dudar de la mal llamada «poesía culta». Por eso la pregunta se impone: Cadícamo, ¿usted se considera un poeta o un letrista de tangos? -Mire, yo balconeo entre las dos cosas. Tuve influencias de Leopoldo Lugones, a quien no le interesaba el tango. Es más; Borges ha escrito que Lugones definía el tango como «un reptil de lupanar». ¿Qué me dice?... Yo, sinceramente, sin el tango no hubiera sido poeta… o letrista. La decadencia es de la gente El cálido chamuyo, más que diálogo formal, con el viejo maestro, entibia el mediodía porteño y semeja la convocatoria a un congreso de duendes, alentada por fuego de sus evocaciones. Otra pregunta surge naturalmente, en el mano a mano con ese genuino creador de belleza: ¿Lo entristece la indiferencia actual por el tango y la poesía? -La indiferencia actual por el tango es la decadencia de la gente, la decadencia espiritual de la gente. Ahí tiene lo que sucede con la casa de Gardel. El tango y la poesía no han decaído. Es la especie humana que se va para abajo. Vivimos tiempos de insensibilidad artística. Mire: yo pronto me voy a ir. Yo, que viví un Buenos Aires espiritual, no quisiera dejar un Buenos Aires superficial. No, No quisiera… ¿Por qué dice que Gardel también era uruguayo? -Es muy simple. Tiene mil referencias con el Uruguay. Era un rioplatense verdadero, frecuentaba las dos orillas. Las referencias: Tacuarembó, Montevideo, Leguisamo, Isabel del Valle, Bonapelch, Razzano, Silva y otros que me olvido. Creo que llegó la hora de que Argentina y Uruguay se junten, para hacerle justicia. Usted, Cadícamo, fue amigo de Matos Rodríguez. ¿Qué recuerdos tiene de «Becho»?. -En primer lugar, compusimos juntos uno de los tangos que mejor interpretó Carlos. «Che, papusa oí», una letra de corte reo y afrancesado al mismo tiempo. Era un músico excepcional. Creó «La Cumparsita», que es el tango más famoso del mundo. Tal vez no sea el mejor tango, o el Rey de los Tangos, como muchos dicen, pero el misterio está en la melodía. Se trata de un tango uruguayo, que se hizo ultrafamoso como tango argentino, una paradoja… El mejor tango uruguayo es, a mi juicio, «A media luz», sin olvidar la «Vieja viola»… Cadícamo se silencia, ensimismado íntimamente en sus evocaciones, y bebe a lentos sorbos el café. Sus ojos grises buscan la luz de la calle, tal vez una metáfora, una línea nunca escrita. Sus 94 años descansan en la mesa de un bar. Le respeto el silencio, la melancolía, el mutismo, y me despido del poeta de Buenos Aires, de París y de los bajos fondos del lunfardo. Ya me alejaba del legendario bardo, cuando su voz me vuelve a repetir: «Haga todo lo que pueda por la casa de Carlos. Si Carlos era amigo mío, puede estar seguro que hubiera sido amigo suyo…».
|
|
|
||