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unque casi ninguna cosa estuviera en su lugar, el tiempo siguió corriendo como si nada imprevisto y terrible hubiera pasado, por lo que ninguno de los tres, ni mi abuela, ni mi padre, ni yo nos dimos cuenta de que acababa de cerrarse toda una etapa y que comenzaba otra, de signo radicalmente distinto. Yo no había cumplido los siete años. Mis padres, sin consultarme, habían decretado mudarse. Recién en esos días me había enterado de que la casa en que vivíamos no era nuestra. Como también íbamos a alquilar la nueva, yo no entendía mucho las razones del cambio. Reconocía que la otra tenía más piezas, dos pisos y un patio inmenso en el que, mientras mamá no jorobaba con muchos canteros, podríamos jugar flor de partidos. Dejaría de tener a mis primos en la casa de al lado, pero no íbamos lejos; apenas una cuadra y media. Lo que lamentaba era que mamá, a la que nunca le importó el fútbol por más que dijera que era de Peñarol, se le hubiera antojado hacer la mudanza en el primer Mundial que Uruguay iba a ganar pudiendo yo seguirlo partido por partido. En el de Maracaná, dicen que molesté todo el tiempo y que la única que me bancó fue mi madre, que ya no sabía que hacer para que dejará a la abuela y a mi padre oír tranquilos la final. De algo me acuerdo: papá entrando al living, gritando como loco, con los brazos extendidos, los puños cerrados, la corbata aflojada, y la camisa fuera de lugar. No sé si fue cuando mister Reader terminó el partido o cuando Ghiggia hizo el segundo gol. Ahora, conociendo al viejo, sospecho que fue al final del partido. Yo entré al cuarto y vi a la abuela, sentada en la cama de mis padres, lloriqueando y sonriendo, sin piernas para levantarse, y me llamó con ella, y me abrazo y me dijo: -¡Uruguaaay, Mattitos! ¡Uruguaaay! ¡Uruguaaay!- Y mamá en el living empezó a gritar lo mismo, junto a papá. Y los tres sólo decían: -¡Uruguaaay! ¡Uruguaaay!-
Y yo no sabía si se quejaban o festejaban. No entendía nada. Ahora, en cambio, entendía todo. Sabía todos los nombres. Y sabía que, aunque después quedara otro partido, si le ganábamos a Hungría ya éramos campeones, porque Alemania era un cuadro que no nos daba ni por los tobillos. Brasil ya había sido eliminado por Hungría y nosotros habíamos liquidado a Inglaterra. Quedaban sólo los húngaros. El día antes del partido, los muebles estaban todavía en casa. Papá y mi abuela, que era su suegra, en la cena se pasaron conversando sobre el partido. No solían hacerlo, tenían como un pacto de no hablar de fútbol para evitar problemas. Porque él era de Nacional y ella de Peñarol. Papá, en el fondo tan fanático como la vieja, se las daba de tranquilo, pero mi abuela dividía sin más a toda la gente en buena o mala, en manya o bolso. Fuera porque ella insistió más o fuese porque los del ‘50 eran, en efecto, casi todos de Peñarol y, entre ellos, estaba sobre todo Obdulio y Migues, yo me hice manya y es una de las cosas que más le agradeceré a doña Pepa, pero me costó la decisión, porque mis primos eran bolsos como casi todos los Mattos. Para la abuela ya estaban peladas las chauchas. La vieja con la celeste, jamás había perdido en ningún mundial. -¡Pero, Secundino -decía-, si le ganamos a Brasil en el Maracaná, cómo no le vamos a ganar a esos húngaros que nunca fueron nada!- Papá estaba más cauto. Pero siempre fue así: en toda parada grande, le gusta jugar de punto. Esa noche yo lo escuchaba y pensaba que se había vuelto tan prudente porque era de Nacional y no nos tenía confianza y no estaba tan acostumbrado a ganar como nosotros. Si yo le hubiera dicho lo que pensaba se habría agarrado la tal calentura. Mamá decía que íbamos a ganar pero no tenía la convicción de la abuela, no sabía como la vieja y tenía más interés en ajustar con mi padre detalles de la mudanza. Yo jamás había vivido semejante alboroto. Por supuesto, tampoco sabía lo que era un allanamiento o un embargo. Pero es muy parecido. Gente que uno nunca conoció invade la casa y se apodera de nuestras cosas y se las lleva afuera y las pone en camiones. Y se va y vuelve a llevarse otras. Por más que a uno le han explicado, lo invade una sensación de despojo. Es horrible ver cómo van quedando las piezas vacías y cómo aparecen inmensas manchas de humedad detrás de los roperos. Papá se había ido al hospital, mamá capitaneaba todo y la empleada la ayudaba. La abuela estaba en la casa nueva, pero no quise ir con ella. Me fui al lado, a la casa de mis primos. Ellos eran mayores que yo. Leandro y Daniel, y hasta Enrique, aunque yo al gordo no le creía, se acordaban bastante de Maracaná. Estaban tan seguros como yo de que ganaríamos. No me gustó que el Bambo, mi tío, que sabía montones de fútbol porque era comentarista en Radio Zorrilla, tuviera una prudencia muy similar a la de mi padre. Nos dijo que había escuchado que habría más cambios de los pensados y que a Máspoli lo obligarían a jugar con guantes. Insistió en que Hungría era un gran equipo, “tal vez insuperable”. No le quise oír sus razones. Al final, apliqué la receta de mi abuela y no le di bolilla: el Bambo también era de Nacional. Cuando volví a casa no podía creer lo que había hecho mamá. La casa estaba casi totalmente vacía. Sólo quedaban, en el comedor, la radio, la mesita que la sostenía, la mecedora de la abuela y dos sillas. Hasta la heladera y la cocina se habían llevado: escucharíamos el partido a pico seco, sin Coca Cola, sin nada caliente (porque hacía frío), ni habría tortas o bizcochos hechos por la abuela. Recuerdo que almorzamos afuera, en La Gran Despensa y que papá comió muy poco, contra lo que era su costumbre. Mamá comió lo de siempre y la abuela y yo le dimos con todo, como si ya estuviéramos festejando. Creo que el partido empezó casi enseguida que regresamos. Papá y la abuela siempre coincidieron en que el mejor relator era Solé. Le tenían una confianza bárbara. Solé estaba enbroncado contra la FIFA y nuestros dirigentes y dijo cosas que yo no entendí, pero hubo otras en las que coincidía con Bambo. No le gustaba que Máspoli atajara con guantes y que no jugaran Abbadie ni Míguez. Cuando oí que no sólo no jugaba Obdulio, sino que también habían sacado a Míguez me entré a preocupar. Pero papá, con la mano, me exigió que me callara. No se oía bien: había descarga y Solé hablaba desde muy lejos. Al primer gol húngaro, tanto la abuela como papá lo asimilaron mejor que el propio Solé, quien ya había anunciado que en cualquier momento “nos caería la noche”. La abuela sólo suspiró y dijo: -Nos va a costar bastante más de lo que yo pensaba-. Mi padre, cumpliendo sus obligaciones de yerno, creyó necesario darle un dato tranquilizador: -Nadie que haga el primer gol, gana una final del Campeonato Mundial-. -Pero esta no es la final- objeté. Mi padre me miró como si yo fuera un secante: -Es- decretó. El segundo gol sacó a mi padre definitivamente de su silla. No se sentó más. Como si siguiera una pelota, comenzó a ir y volver a su antojo por el comedor vacío. A cada instante consultaba su reloj. Que yo recuerde ni la abuela ni papá festejaron demasiado el primer gol de Hobberg. Tampoco Solé, que lo gritó de golpe, como si la jugada lo hubiera sorprendido. Como a los dos o tres minutos, cuando casi hacemos otro gol, mi padre gritó como cuatro años atrás: -¡Uruguaaay! ¡Uruguaaay! ¡Los tenemos!- La abuela empezó a mecerse, hacía rato que se había quedado quietita. Cuando se venía el segundo gol, había algo en la voz de Solé que ya lo festejaba aunque el grito demoró: o porque Hobberg todavía no había pateado o porque la pelota no había entrado o porque Solé no creía lo que veía o porque le faltaba el aire para lanzar el grito. Papá tuvo tiempo de acercarse a la radio y oír el interminable festejo de don Carlos, a quien se le entrecortaba la voz y hasta gemía, y acompañarlo con su propio grito, agachado sobre la radio, como si se lo estuviera gritando en la cara, con toda la rabia juntada, al propio golero húngaro. Recién cuando los húngaros ya habían movido y atacaban y tiraron desviado, se acordó de nosotros que seguíamos abrazados con la abuela y nos palmeó la cabeza. Recuerdo que dijo: -¡Lo que nos han hecho sufrir estos húngaros!-. Esa frase y la creciente emoción de Solé me hicieron pensar que lo peor había pasado. No sufrí demasiado cuando Schiaffino punteó la pelota y ésta se detuvo en la línea, por el barro. No lo viví como un pésimo agüero. Al contrario, creí que anunciaba que el gol de la victoria estaba al caer. A papá le afloró el bolso: -¡Siempre el mismo! ¡Tenía que haberla reventado!-. La abuela no se inmutó; pareció darle la razón, pero en realidad le estaba replicando: -Como Hobberg-. Cuando terminó el segundo tiempo y se venían los alargues, recuerdo que se metió en la trasmisión un cura que andaba por Suiza. En casa escuchaban a dos, como si fuera palabra santa: a Freire y a Barreto, a pesar de que este último sólo hablaba de vinos, uvas y esas cosas. En la memoria se me han entreverado los nombres, pero era uno de esos dos. Estoy casi seguro de que era Freire. Lo cierto es que el cura estaba emocionado y entusiasmado y descontaba que los alargues se jugarían del mismo modo en que había terminado el partido y habló de una nueva hazaña del fútbol uruguayo. Tuvo palabras de encomio para Hungría, a la que trató de “colosal rival”, pero hablaba como si ya la hubiéramos superado. Yo, que quería aferrarme a cualquier cosa, supuse que el cura no podía equivocarse y que el hecho de que hubiese llegado hasta el micrófono de Solé era un signo de que Dios estaba con nosotros. (Cuando esa misma tarde lo consulté al padre Mario, que no andaba de muy buen humor, me contestó: “¡Claro que nos equivocamos! ¡Y Freire mucho más que yo! Si no, no diría tantas gansadas por radio”). El tercer gol nos heló a todos. Creo que fue un cabezazo. Pero ni la abuela ni papá quisieron rendirse. Yo noté que la voz de Solé había cambiado y pensé que él estaba viendo el partido, no sólo oyéndolo como nosotros. Poco a poco empecé a hacerme la idea de que, a lo mejor, los húngaros nos ganaban. Pero me callé la boca. Suerte: porque en el momento en que estuve por decir algo parecido para que la abuela o mi padre me lo sacaran de la cabeza, llegó el cuarto gol. Yo no estaba preparado para semejante desgracia. Me fui corriendo para mi cuarto, pero ya no tenía cama donde tirarme. Me senté en un rincón, tratando de no escuchar el partido. Recuerdo que tuve la esperanza de que Uruguay hubiera hecho un tercer gol y que ni papá ni la abuela lo hubieran festejado. A lo mejor, nos faltaba sólo uno para empatar. Recién entonces me di cuenta de que no sabía qué pasaba si terminaba el segundo alargue empatado; no había supuesto que los húngaros pudieran mantener el empate hasta en los alargues. Pero, de pronto, hubo un inmenso silencio en la casa y en toda la ciudad. En el comedor, la radio se había apagado aunque no había habido corte de luz porque la lamparilla de mi cuarto se mantenía encendida. En seguida sentí los pasos de mi padre en el living, anunciando que se iba para el sanatorio, con tono de tipo que en realidad se va al peor lugar del mundo. Y, luego del aviso, puteó despacito. Era claro que lo hacía así para que la suegra no lo oyera: pero no sé contra quién puteaba, a lo mejor era contra la propia abuela que bien podía haberle dicho algo que no le gustara. Golpeó la puerta cancel, pero volvió sobre sus pasos. Se había acordado de mí. Entró al cuarto, me golpeó el hombro y me dijo: -¿Vio, amigo? ¡Así es la vida! Se gana y se pierde-. Ni él ni yo sabíamos que desde ese día la tortilla se había dado vuelta y que, más que ganar alguna vez, nos íbamos a pasar perdiendo. La abuela apareció en mi cuarto ya vestida con el sacón y los zapatos. Sus zapatillas, con las que siempre andaba porque le dolían mucho los juanetes, las había puesto en una bolsita que sostenía en una mano junto a su inmensa cartera. En la otra, tenía las llaves de la casa vieja. No traspasó el umbral. Apagó la luz y me dijo: -Bueno, Matitos, vamos con su madre que yo le voy a hacer un buen café con leche-. No me dio ninguna opción. Tuve que irme con ella para esa maldita casa nueva. El cielo estaba tormentoso y hacía mucho frío. No había nadie en la calle y seguía ese enorme e interminable silencio que nunca olvidaré.
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