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Contratapa |
a Loreley (que, dice Elisa, tiene otra versión transeúnte) “Si no somos corresponsables del
pasado, tampoco tendremos derecho
Estamos por descender en el aeropuerto internacional de Rangún; por favor ajusten sus relojes 50 años atrás”, es lo que debieran decir las azafatas cuando los aviones descienden en la capital de Birmania. Para ir preparando a los –pocos- visitantes que llegan para lo que les espera. Más parte de libros de aventuras ese país asiático integra el triste grupo de los países olvidados del mundo. Aún sin ser un paria por acontecimientos trágicos, como Afganistán; un autoexcluido del mundo, como Corea del Norte; u obviado por su pobreza, como Bangladesh; Birmania es un país salteado por los viajeros. Por eso y por recuerdos de cosas que conocía sin haber visto nunca, una tarde tomé un avión desde Bangkok y bajé en aquel dilapidado y espartano aeropuerto, donde inmediatamente una mujer uniformada me sacó de la fila de inmigración, compuesta casi únicamente por negociantes chinos, y me llevó a una ventanilla especial para “occidentales”. En un hermoso inglés me dijo que tenía que cambiar obligatoriamente 200 dólares, y allí mismo me dio unas notas bancarias tipo monopolio, anotó en un papel todo lo que llevaba, me lo selló junto con la visa, me hizo pasar adelante y me abrió la puerta... al pasado. Un pasado lleno de polvo y gente compuesta por una mezcla extraña entre chino, indio y tailandés; un calor húmedo me abrazó empapándome la camisa y la mochila de inmediato. Me subí a una camioneta que me pareció gritaban algo parecido a Rangún, junto con unos cuarenta birmanos que a un tiempo me apretaban y estudiaban respetuosamente. Noté que no había el acoso que se da en todos los aeropuertos del mundo. Era como si no estuvieran preparados, simplemente, para la llegada de un extranjero. En lo que me pareció era el centro de la ciudad, me baje dándole un dólar al que me pareció que oficiaba de “guarda”en la camioneta, lo miró, me sonrió y me lo devolvió.. Con casi 50 millones de habitantes la última noticia que llevó a Birmania en los diarios fue cuando cambió su nombre oficialmente a Unión Myanmar; y en el 91 cuando Aung San Suu Kyi fue galardonada con el Nóbel de la paz. Lo primero que me llamó la atención fue que todos los hombres usaban una suerte de pollera –llamada songyi-, y que prácticamente no se veían vehículos. Excepto las camionetas que servían de ómnibus, y pasaban constantemente repletas de un lado a otro, el resto eran solo bicicletas o carros con caballos o búfalos. Todo tiene un aire antiguo e impresiona por su sobriedad. Sin carteles de propaganda ni grandes escaparates, Rangún se parece más a un pueblo del interior de Tacuarembó que a una capital de 2 millones de habitantes. Conseguí un lugar barato para quedarme cerca del centro, e inmediatamente me metí en una cosa sin letrero ninguno, llena de humo y gente que colegí sería un restaurante por el olor a comida y gente que pasaba con platos. Mi primer apretón lo salvé señalando un plato de uno que estaba comiendo parado al lado mío -parecía un guiso- ya que nadie hablaba inglés, y lo que estaba escrito en la pared en birmano era incomprensible con esa mezcla de viboritas que son su abecedario. El segundo no me fue tan fácil, y fue al pagar. Saqué mis billetes de monopolio donde decía claramente en inglés que eran notas del gobierno por el equivalente en dólares, le alcancé uno al indio que oficiaba de mozo. Éste lo miró con la misma extrañeza que me había mirado al llegar. Y en segundos lo mostraba a todos, nadie entendía qué pretendía hacer yo con aquel papel. Uno incluso lo agarró y me explicó en inglés quebrado que esa dirección quedaba cerca a unas 6 cuadras! Me dí cuenta de que nadie conocía ese sistema de moneda. Luego me enteraría que el gobierno lo había impuesto para hacerse de los dólares que los turistas gastarían en cuanto llegaren al país, pero su previsión era que éstos irían solo a los hoteles de lujo que se estaban construyendo a los efectos. Salí del paso sacando el billete de un dólar. Con lo que pagué la comida, el agua y algo parecido a un helado, y además recibí una cantidad de billetes llenos de viboritas que era la moneda local, el kyat, salí entonces lleno y millonario En el centro de Rangún hay una inmensa pagoda en la cima de un cerro, construida de oro y diamantes que domina toda la capital, su cúpula dorada, al amanecer y atardecer, brilla de una forma muy particular abrazando la ciudad como una suerte de bendición. Desde su independencia de Inglaterra –el imperio los administraba como una provincia India- en el 48, Birmania implementó lo que sería conocido como la vía birmana de socialismo, basada, particularmente, en conceptos budistas. Luego vendrían una serie de vaivenes políticos, golpes militares varios que desembocarían en el actual gobierno. En realidad uno percibe muy poco de lo que sucede estando allá. Acaso como en tantas otras situaciones do desde afuera se ven los contextos en forma más clara, pero también como en tantas similares, uno debe comprender que el tamiz de la realidad se cruza solamente si uno está inmerso en ella. Descubrí el mercado negro y cambié mis papeles de monopolio, entonces andaba con mi mochila diaria absolutamente desbordada de plata. Los precios de todas las cosas eran realmente irrisorios, de tal que al final de mi estadía me fue imposible gastar esos 200 dólares que la chinita del aeropuerto me hizo cambiar para el gobierno. Una curiosidad de los billetes es que muchos son quebrados, con números tan inusuales como 17 o 32 kyats. Supe luego que los hacen así correspondiendo a valores fijos como un kilo de arroz o un litro de leche. Había escuchado hablar de Pagan en el norte. No era fácil llegar. Pero luego de un tren nocturno a Mandalay, la última capital real, y un día de barco por el río Irrawaddy, desemboco en la misteriosa Pagan. Es difícil describir el lugar. Debiera bastar el decir que si Birmania fuera un país abierto, un país “normal”; los templos de Pagan serían tan conocidos y visitados como las pirámides egipcias. Ya que no tienen nada que envidiarles a éstas. Las mujeres birmanas como representantes de esa exquisita mezcla son muy particulares, diferentes a todas las asiáticas, con ojos levemente rasgados y rasgos delicados siempre cubiertos por una suerte de talco que se ponen como protección al sol. Otra constante en todo el país son las sonrisas, es una forma de saludo y de interacción, se considera muy rudo el no sonreír cuando se saluda o se cruza con alguien. Al cabo de un tiempo uno se ve inmerso en esa modalidad de tal que cuando abandona el país es algo que se extraña. No puedo dejar de recordar lo adustos que somos generalmente en la vida diaria teniendo tanto por ganar con una simple sonrisa. Construida en el siglo XIII Pagan es una impresionante mezcla de miles de templos y pagodas desperdigados en un área de varios kilómetros cuadrados, de todo tamaño, y tipo, desde pequeñas pagodas a pirámides gigantes. Es sin duda una de las 7 maravillas del mundo moderno, incomprensiblemente -pero por suerte-, obviada por el turismo masivo. Es tan inmenso y desolado que hay una sensación de intimidad muy particular al vagar solitario por sus calles de arena roja, húmedas y polvorientas a la vez. Uno se siente parte del pasado lejano inmerso en el pasado cercano de ese país detenido en el tiempo. En toda Birmania hay solo un canal de televisión –y muy pocos televisores en la población-, y dos emisoras de radio. Las computadoras, las hamburguesas y la globalización aún son conceptos lejanos. Un pueblo parsimonioso que desliza a cada paso un pedazo de presente más real que el que ejercemos en tiempos más modernos. Mi último día subí al templo más alto a esperar el atardecer, los pedacitos de cielo que los Monzones empecinadamente me hacían llegar, mezclados con una brisa con olor a té, no mitigaban el calor húmedo omnipotente. El fondo musical de ranas y bandadas de pájaros sobre el río; en el horizonte, peleando entre las nubes de lluvia, el sol se empecinaba en saludar. El tiempo parecía detenido, acaso parodiando la situación del país. El día se va lentamente y me voy yendo con la sensación de haber sido doble testigo de un mundo que se acaba. Me quedo pensando en nuestro mundo moderno en comparación con ese paréntesis y todo lo que les falta, en su ritmo de paso de búfalos, sin cable, celulares ni bytes. En el saldo del haber y como resultado emblemático me quedo con sus sonrisas de otros tiempos que hemos perdido en el nuestro pero que su sola existencia nos debe demostrar que otro mundo aún es posible,... aún en estos tiempos. |
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