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"de tsunamis
y cambios"

a Thuy y los que se fueron en el mar allá lejos
y a los que quedamos empantanados acá cerca

Juan Manuel Luque

   Cuando el perro salió de un costado del camino ya íbamos a una velocidad considerable, al pedirme que te dejara manejar la moto, me habías dicho que era la primera vez, recordé en esos segundos eternos que se detienen cuando algo importante y repentino empieza a acontecer. Como un accidente. El camino angosto estaba rodeado de árboles y algunos mercaderes vendiendo frutas. Atiné a sostenerte los brazos desde atrás y tratar de esquivar gentes, mostradores, árboles y bicicletas estacionadas, todo a una velocidad que no amainaba, pues en tu susto no desacelerabas nunca. Esos 50 metros que recorrimos antes de caer fueron eternos. Relativamente ilesos, al levantarnos te pusiste a gritar en un ataque de histeria muy inusual para la cultura asiática. Yo no sabía que hacer, e hice lo que mucha gente hace en circunstancias en que no saben que hacer. -Le di una cachetada-.

   Y te besé, por primera vez.

C

uando llegué a Tailandia en el 85, hace justo 20 años, estaban en el medio de un golpe de estado. Los tenían cada 2 años, y era algo tan normal que a la gente no parecía importarle, era un tema menor para la particular forma de ser de los asiáticos en general y los tailandeses en particular. Bangkok era entonces un centro gigante de prostitución para los barcos de la Flota americana, y las playas -excepto Pattaya- eran desconocidas villas de pescadores. Pacíficas, somnolientas y humildes.

   La fecha no la recuerdo caprichosamente, sino que está atada a dos acontecimientos; me había recibido, y el Uruguay comenzaba supuestamente otra era. Todo era expectativa, y promesas. Y sueños.

   Acaso como hoy, en este marzo.

   Bangkok era la puerta de entrada a Asia, a donde y desde donde llegaban y salían los vuelos más baratos. Por eso fui decenas de veces en estos 20 años. Y más o menos vi crecer aquellas aldeas que en poco tiempo dejaron de ser desconocidas y somnolientas. El aluvión de gente producido por el boom turístico que se vivió en los 90 había transformado todo. Lo extraño es que la gente parecía ser exactamente la misma. Simplemente se habían adaptado por fuera.

   Era raro encontrar a alguien que hablara inglés en aquella época. Por eso me llamaste la atención cuando al hablarme en aquella playa desierta donde estabas ayudando a unos pescadores a sacar su bote del agua. Hablabas de cosas simples del mar y los secaderos de sal, los "charques" de pescado, del cielo y las supersticiones, del olor a lluvia antes de la llegada de los Monzones, de tus estudios de inglés; tus hermanos, que viendo aquella cosa rara que yo era para ellos vinieron inmediatamente a rodearnos y seguir seriamente nuestra charla sin entender nada. Tus ojos de avellana, tu voz susurrada, la figura delicada. Tu pudor. Te dije que volvería.

   Dicen que antes teníamos un standard de vida solo comparable a lo mejor de Europa. Que el peso era más fuerte que el dólar. Incluso que éramos campeones del mundo. Mucha gente vivía en campaña, las escuelas rurales estaban llenas de moñas. Había un programa, la gente parecía saber donde iba. Existía un propósito general. Y otras cosas que no viví. De tanto que nos quedamos en ese tiempo, en esa suerte de pliegue. O eso creímos, pues en realidad el tiempo siguió. El mundo siguió.

   Se acuñó el término de "tigres asiáticos" para definir a esas economías como la malaya, la coreana, la china; la tai; las que vivieron un boom económico increíble basado en una cultura de respeto, de humildad, de trabajo, de sacrificio y tolerancia.

   Tu aldea ya no estaba, ni el lugar donde comíamos pescado sentados en bancos chiquitos casi contra el mar. En su lugar estaba lleno de gringos colorados por el sol, recibiendo masajes, consumiendo sin preguntar precios en los hoteles que habían llenado de bungalows parecería que a Tailandia toda. Aparecieron las "Full Moon Party" con gringos borrachos y drogados en la playa. Pero todo era progreso me decías, la gente del lugar estaba intacta con sus valores y cultura, exceptuando a los "mareados" de siempre.

   En casa, trancados, no parecíamos darnos cuenta del proceso de deterioro, era tan lento, y ¡cómo nos iba a tocar justo a nosotros, que éramos poco menos que los reyes del mambo! Veíamos pasar todo, todo era evidente, pero dejábamos hacer.

   Primero leí que habían muerto algunos cientos de personas en el sudeste asiático, luego los diarios en macabra escalada fueron creciendo la cifra hasta llegar a casi doscientos mil. Tantos que se transforma en estadística.

   Dicen que antes hubo un silencio extraño. Dicen que muchos animales comenzaron a alejarse de la costa. Dicen que fueron algunos minutos en total. Un maremoto que destruyó más allá de lo imaginable vidas, logros y sueños de cientos de miles de familias. Un maremoto repentino, que sin avisar y de forma artera agarró a traición a varias naciones.

   Nuestra destrucción fue diferente, siempre lo es. Fue lenta, casi complaciente. Nos acostumbramos a la mediocridad. Tanto que terminamos mereciéndola. Se hizo normal lo otrora inaceptable. Se vaciaron los campos, las ciudades se llenaron de asentamientos. Cambiaron los valores, los patrones culturales de referencia.

   No he sabido nada. Tal vez estés de nuevo ayudando botes de pescadores a salir del mar. Dicen que entre el hedor de los cuerpos muertos que se ha impregnado en la zona ya se ha empezado a reconstruir con humildad, sacrificio y resignación. Y llenos de sueños se aúnan manos para forjar un futuro que siempre está latente. Ojalá estés viva y tus hermanos tan serios y asombrados.

   Y ojalá a un mundo de distancia pudiéramos aprender de esas desgracias ajenas. Y empezáramos nosotros a dejar de dejar pasar el tiempo y las cosas. Y nos deslindáramos de la maldición de Malinche, nos deshiciéramos de los maracanaces, de los "craces" de pubs, que se acabaran los estancieros de fin de semana que solo van a  llevar galleta y keroseno para la "curuya" y ver si hay algún novillo gordo, de los ineptos del estado, del chisme...

   Lo de ellos fue súbito. Lo nuestro anunciado. Lo de ellos duró minutos, lo nuestro décadas. Ellos quedaron preguntándose "qué pasó". Nosotros, acaso, "cómo pasó".

   Toda una zona del mundo cambió por una desgracia inesperada y ahora se reconstruye con tenacidad. Nuestro cambio no es igual, pero no por ello menos imperioso. Pero los cambios no pueden venir solo de arriba, se necesita un compromiso individual constante.

   En esta etapa nueva que se da, es imprescindible ser conscientes, humildes, tolerantes, tenaces, y aprender de los logros y desgracias de otros pueblos.

   Y tener siempre presente que todo depende al final individualmente de cada uno, y que pocas cosas vienen solas y por que sí. No hay que sentarse a esperar cambios. Hay que hacerlos.

   Si nos perdemos este otro barco, entonces sí, la única oportunidad que nos quedará para cambiar serán acaso, los tsunamis...

   que terminaremos mereciendo…

jmluque@adinet.com.uy