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LA
VIDA EN LOS HOGARES ESTUDIANTILES
Hacinados
pero felices
El centralismo sigue
obligando a emigrar del Interior a la capital a todos
aquellos que quieren realizar estudios terciarios. Dónde
vivir y cómo conseguir becas de algún tipo, son parte de
los problemas centrales que deben resolver los estudiantes
al instalarse en Montevideo.
ablo Villaluenga
será contador. Hace tres años que vino de Tacuarembó
a Montevideo y desde entonces no ha parado, de vivir, de
sentir, de pensar. Tiene 21 años de edad y otros tantos de
experiencias. Primero compartió casa con una tía, el
clásico pariente montevideano que hospeda al del Interior.
Después, por arte de magia, con un amigo se mudó a un
apartamento de lujo en Pocitos. Una española era la dueña
de esa casa donde abrir la heladera era un placer,
desbordaba de bebidas y comida. Pero lo bueno dura poco, la
española cruzó el océano y este tacuaremboense tuvo que
salir a buscarse la vida. ¡Joder! Hoy un palacio, mañana
una pensión de mala muerte.
Hace tres año la mamá vestía como un
repollo blanco a la hijita que cumplía 15, pura y virginal,
hoy, obligada, la envía a los brazos de una ciudad enorme y
"peligrosa", la hijita, los primeros meses, irá
de la residencia para señoritas a la Facultad de Medicina
rapidito, con la cabeza gacha, en un suspiro, con miedo a
ser robada. Hasta que conozca el paño y exorcice los cucos
y salga con soltura por los bares y las calles de una ciudad
que irá haciendo suya.
LOS
PENSIONADOS
En una residencia que queda en la calle Lauro Müller, a una
cuadra de la rambla, viven 21 estudiantes de diferentes
departamentos del país. Al principio era una pensión como
cualquier otra (una sociedad en miniatura que incluye
matrimonios con críos chillones, jubilado y trabajadores
adultos), pero los dueños prefirieron convertirla por
razones económicas en una residencia para estudiantes,
donde la habitación compartida entre tres se cobra 1.300
pesos mensuales. Bienestar Estudiantil y la Federación de
Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), a efectos de
definir una política común sobre los hogares
estudiantiles, todos los años realizan un llamado público
para seleccionar y clasificar residencias o pensiones a las
que los estudiantes pueden acceder por beca o pagando
(públicos, pensiones, sindicales y religiosos). La mayoría
de los estudiantes están partidos, tienen el pasado en una
ciudad o pueblo, el presente, y seguramente el futuro, en
otra. Quedarse en el Interior significa asumir una ida
previsible: "Si te quedas en Young lo más probable
es que consigas un laburito, después una novia y te cases,
y no mucho más, porque la ciudad en sí no ofrece mucha
más que eso", dice Sebastián de 23 años. Cada
cual extraña lo que en Montevideo no encuentra, con ciertas
imágenes que se repiten: el cielo abierto con sus estrellas
titilando, el andar tranquilo, el silencio, estar hasta
cualquier hora de la noche con los amigos tomando mate una
plaza cualquiera, lo verde, la familia, perder el tiempo.
Montevideo es la ciudad de las
posibilidades y de un nuevo sentimiento, el estrés
cotidiano de sus ruidos y distancias, de su alboroto tan
lejano al de cualquier ciudad del Interior, sin contar la
lucha por el peso.
La mayoría de los que llegan a la
Universidad son hijos de la nueva clase media uruguaya, esa
que cada vez es más obrera. "Mamá es maestra y
papá desempleado", "papá es profesor y mamá ama
de casa", son respuestas que se repiten. "La
mayoría de nosotros tiene un padre desocupado, cuando no
los dos", dice Verónica, de 19 años, de la ciudad
de Mercedes. Aquí entra en juego el sistema de becas
otorgadas a escala municipal y estatal.
UNA BECA,
MEDIA BECA,
NINGUNA BECA
Recibo
de luz, alquiler, 60% de escolaridad, monto de jubilación
de la abuela, escolaridad un año, y el otro, apurate,
aprobá, llegá, perdés la beca, da ese examen, ¿no sabés
lo suficiente?, no importa, sumá, restá, rendí, se murió
la madre, el perro, estalló la guerra, no importa, dale que
los $ 2.200 mensuales te tienen que dar para estar
tranquilo; los 1.600 de una pensión, la comida, los libros,
los boletos, ir a Artigas a visitar a tus padres, tener una
vida, dedicación completa, cariño, que si te exigimos es
porque hemos valorado toda la situación. Serás el
profesional productivo del futuro Uruguay.
En el año 1994 se creó, a través de una
ley, el Fondo de Solidaridad que extrae sus recursos de un
impuesto cobrado a los profesionales universitarios con más
de 10 años de ejercicio. Pablo Villaluenga fue delegado
estudiantil en la comisión del fondo, hasta que claudicó:
recibía tantas llamadas diarias de gente llorando, apelando
a la negativa, y ejerciendo presiones, que no lo resistió.
Aproximadamente el 30% de los estudiantes universitarios (60
mil personas) provienen del interior y el fondo en 2003
sólo logró otorgar 3.895 becas, que rondan los $ 2.200
mensuales. Las alternativas tampoco son muy auspiciosas:
semibecas que no superan los $ 1.600, o becas que otorga la
Comisión de la Juventud de Montevideo a 22 estudiantes de
primer y segundo año de facultad y que tienen como
contrapartida 15 horas semanales de trabajo en actividades
municipales. El sistema de selección del fondo ha sido
muchas veces cuestionado por aspirantes y familiares. José
Cardozo, presidente de esta institución, recalcó que se
investiga cada solicitud, pero reconoce que existe una
margen de error de un 10%: la hija de un legislador nacional
que gozaba del beneficio; chicos que falsean las
declaraciones juradas, estudiantes que usan la beca para
cuestiones que no hacen a su fin.
Para los universitarios (estudiantes y
egresados) el fondo levanta un manto de sospechas. Piensan
que el presidente de un organismo de estas características
no debería ser designado por el Poder Ejecutivo (en la
directiva del fondo de la Universidad tiene un representante
entre ocho, lo que vuelve difícil ejercer cualquier tipo de
contralor).
FORMAS DE
ORGANIZACIÓN
Todas
las intendencias del país, excepto Salto, tienen hogares
estudiantiles en Montevideo. En el Hogar de Durazno se pagan
$ 350 al mes, y en el de Tacuarembó un poco menos.
Villaluenga vive en este último desde hace dos años junto
a otros 41 estudiantes, distribuidos de a dos o tres por
habitación. Además de no contar con un encargado (excepto
los fines de semana) los gurises limpian, tienen asambleas
resolutivas y una delegada (Lorena) que defiende sus
intereses ante la comisión administradora. Esta casa que
antes fue burdel, un tanto oscura, precaria en sus
instalaciones, pero funcional, hoy se administra de la forma
más democrática posible, Lorena considera que el hogar
necesita un espacio donde recibir amigos y aclara que el
Cordón es habitado por medio Tacuarembó.
En el otro extremo estaría el Hogar
Estudiantil de San José. Se rige por un reglamento que
está fuera de discusión por parte e los estudiantes: el
hogar está abierto de 6 de la mañana a 11 de la noche y
cierra sus puertas los fines de semana y en el mes de enero.
La vida social se realiza, por reglamento, en la ciudad
natal. Para Pedro las reglas "están bien, se
aceptan o no, y más allá de cinco o seis cohabitantes
inconformes, la mayoría las comparte, o las respeta".
Este hogar cuesta $ 300 al mes, una ganga, y sus becarios
tienen lavarropa, canasta básica cubierta, seguro de
emergencia móvil, sala de estudio. 12 varones se
distribuyen en dos dormitorios. No cuentan con delegado
estudiantil y no existe comisión e padres que participe en
la organización y funcionamiento. Esta mayor rigidez para
Pedro no resulta problemática: "Nosotros estamos
para estudiar y con todo lo que recibimos es más que
suficiente, yo estoy muy conforme, la encargada es como una
madre...".
También es posible habitar en las casas
de monjas o residencias religiosas (que rondan los $ 2.500
mensuales), con normas propias del claustro; en pensiones
malolientes que reflejan un mundo complejo, donde
generalmente no condicen el precio y los servicios y donde
cuidar la leche y los objetos personales es parte de lo
cotidiano.
La gran ciudad uruguaya es cómplice,
amiga y enemiga, despierta amores y odios, es el camino
necesario por ser el único para todos aquellos que no se
olvidan del pago cuando se van a la ciudad, aunque esos
pagos ya no vuelvan a habitarse.
(*) Brecha 7.4.2004
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