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EN LA ESQUINA DEL BAR


"Como siempre cada 25 de agosto la radio emite el Himno Nacional. Una vuelta lo estaban pasando, había una barra en el boliche, y don "Pepe" Castrillón que era muy respetuoso se paró y se sacó el sombrero e inmediatamente lo ve a don Accioly Faría que no se lo había quitado y dijo con voz segura "Descúbrase" repitiendo "Descúbrase le digo" y Accioly acató y se sacó el sombrero".


"Doña María Padilla, vecina del "Diego Lamas" fue a tramitar la tarjeta del hospital. La enfermera le hizo un cantidad de preguntas, una de ella fue: "casada o soltera?
-"¡Casada y con libreta, que se cree!" – respondió doña María.


Poseído por las lecturas de las historietas de Patoruzú, "Carlitos" Silva, asumía su vida. Estudiaba en la Escuela Industrial un oficio.
Un día una profesora le recriminó una acción en clase y "Carlitos" le contestó:
-Ahijuna canejo, a mí ninguna maestra sotreta me va a retar...
A Carlitos lo suspendieron de la Escuela. Desde entonces le dicen "Canejo".


"¿Y yo como entré, entonces?", dijo Manolito Barrios, cuando la almacenera le dijo que el boliche estaba cerrado. Manolito buscaba un vino.


Galileo salía "pa´l centro a buscar la changa" con su carretilla. Siempre respetuoso.
En una de esas calles que venían desde el Sandú se cruzó con un par de mujeres, que lo ignoraron.
-¡Qué miran, mujeres, qué miran...! dijo Galileo recurrente.
Las mujeres siguieron sin darle importancia y él continuó con su carretilla llena de botellas vacías.

Hay cosas que no se "mostran"

N

o siempre nuestro Hospital presentó el aspecto de orden y pulcritud de estos tiempos.

   Cuando nos radicamos en Tacuarembó, allá por los años 70, se creaban nuevos servicios, obligados por el desarrollo progresivo de la medicina, adaptando estructuras ya añejas y no creadas para esos servicios...

   El de internación de medicina de hombres funcionaba en una especie de subsuelo, en un salón rectangular sobre cuyos lados mayores se disponía una hilera de camas de cada lado; si había necesidad se agregaban camas en el corredor central del salón.

   A la entrada se encontraba un inmenso baño que no sé si siempre lo había sido o se había adaptado para esa función. En él, los pacientes realizaban todas sus necesidades higiénicas. Por otra parte, las canillas estaban siempre goteando y algunos caños de desagüe estaban tapados. Se imaginarán que su aspecto y "fragancia" no era los más agradables. La puerta era de dos hojas amplias, lo que hacía suponer lo dicho: esa habitación se diseñó para otra función.

   Las autoridades del Ministerio venían en algunas oportunidades al Hospital, anunciando su llegada generalmente con dos o tres días de antelación... Ello hacía que se procediera con urgencia al ordenamiento y limpieza de las instalaciones, mostrando a los visitantes un Hospital distinto al de todos los días.

   Quiso el azar que el Ministro que nos visitara en la oportunidad de esta historia, fuera un médico que conocía de mi anterior actividad en Montevideo.

   Apenas me vio me reconoció y, cuando llegó el momento de visitar el Servicio de Medicina, me pidió que lo acompañara. En el trayecto, aproveché la circunstancia del conocimiento previo, para "manguear" algo para nuestro servicio, hablándole de carencias y necesidades.

   Cuando llegamos a sala, ya explicado lo desagradable de nuestro baño "de recibo", intento abrir la puerta del mismo para mostrárselo. La puerta se resistió a ser abierta, por lo que tomé impulso y empujé con fuerza. La puerta se abrió... dejando ver el piso inundado de la habitación y, con un ruido de chapoteo, una persona que estaba adentro, intentaba levantarse resbalando en el agua... Presuroso, traté de ayudarlo preguntándole qué hacía y por qué no había avisado que estaba adentro cuando intenté abrir. Recuperándose del susto, me contestó:

   -Es que me dijeron que no dejara abrir la puerta por nadie cuando pasara el Sr. Ministro. Pero... ¡un bestia empujó con todo, y me desparramó en el piso!!!

(De "20 anécdotas galenas", Dr. Cléber Vilar Segura)


El parte de don Silverio

D

on Silverio Cinta fue un correcto comisario rural, en los tiempos de las policías bravas, el que por sus limitados conocimientos, siempre daba que hablar, sobre todo cuando tenía que realizar algún procedimiento y en especial al tener que referirlo en el parte correspondiente.

   En cierta oportunidad se produjo un hecho de sangre en jurisdicción de la seccional a su cargo. Dos vecinos del lugar, previa una agria discusión, se trabaron en pelea, resultando uno de ellos muerto de una profunda puñalada. Don Silverio se trasladó al lugar del incidente, constató debidamente el hecho, tomo declaración al matador, al que remitió a la comisaría esposado, y con los pies atados por debajo de la barriga del caballo y se marchó él también, rumbo a la Oficina, con el fin de redactar el parta para enviarlo a la Jefatura, no sin antes haber dado intervención al Juez de Paz seccional. Tomadas, pues, todas las providencias del caso, llegó don Silverio a la comisaría, llamó al escribiente y se dispuso a dictarle el parte. Relató con lujo de detalles, y remató el mismo con el esta constancia: "se hace constar que a pocos minutos del hecho, fallecía el cadáver".

   Después de redactado y firmado el parte se acordó de un detalle, sino muy importante, pero que ampliaba un tanto el sentido del informe y le ordenó al escribiente que estableciera debajo de la firma, la siguiente nota: "Como ampliación al parte que antecede, hago saber a Usía que el suscrito vio pasar, media hora antes del hecho, al muerto a caballo, por frente a esta comisaría". "Silverio Cinta".

(De "Voces de mi terruño", de José A. López Cabas)