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No muero por Montevideo
...) A veces quiero creer que no pienso como montevideano, sino con la mirada más amplia que debería haberme dado el vivir en muchos sitios, incluida la campaña. Pero otras veces creo que uno en esencia aprende poco, cualquiera sean las circunstancias, y que todo lo que gana en experiencia lo pierde en certezas. Le confieso que nunca he terminado de sentirme montevideano, y que nada demasiado poderosos me ata a esta ciudad, salvo mi trabajo. Creo además que la capital uruguaya no es tan hermosa ni tan vivible como podría. No me refiero a la pobreza masiva, esa que divide a las gentes entre quienes viven una ciudad y quienes la padecen. Pienso ahora en nuestras pautas culturales. Montevideo tiene la geografía, el clima y el tamaño más o menos adecuados para facilitar una alta calidad de vida, pero muchos de sus pobladores carecen del carácter que transforma a una ciudad en algo diferente y mejor. Sus edificios, en general, me parecen decrépitos y descuidados por sus habitantes. No hablo de grandes refacciones onerosas, sino de esos pequeños actos cotidianos que diferencian un hogar de otro y, al fin, una ciudad de otra. Claro que los gobernantes son responsables, pero mucho más lo son sus pobladores, porque la batalla decisiva se libra en el plano de los hábitos. No hay sistema de limpieza -público o privado- que funcione si la población arroja sus desperdicios a la calle, ya sea desde el carrito tirado por caballos o por la ventanilla del auto. En este país sólo Montevideo, su área metropolitana y el Chuy son lugares mugrientos, y no por razones económicas (esa muletilla con la que algunos creen explicarlo todo) sino culturales. Si se da una vuelta por Villa Ansina o Paso de los Toros, por ejemplo, donde el ingreso per cápita equivale a la mitad del de Montevideo, verá sin embargo a la vecina barriendo la vereda, las casas encaladas y la basura en el basurero. No lo hacen tanto por los demás, sino ante todo por respeto a sí mismos. Hace muchos años padecí una vergüenza cuando ligué un reto formidable de una viejita tras arrojar un papel en la vereda frente al Museo Metropolitano, en Nueva York, que no es precisamente una ciudad particularmente limpia. No alcanza pues con campañas oficiales en pos de nuevos hábitos; se requiere ante todo convicciones personales extendidas y actitudes militantes. Pero la deserción montevideana ante las obligaciones más naturales es tan generalizada que cualquier que llame la atención a otro por arrojar basura se convierte de inmediato en objeto de burla o en un despreciable "botón". Otra vergüenza la sufrí hace menos años, cuando una amiga catalana me dijo: "A los uruguayos les regalaría una bolsa de cal cada primavera, para que pinten las fachadas de sus casas". Mi amiga sostiene que la dejadez y grisura de nuestras fachadas es un reflejo del espíritu de un país decadente. Creo que tiene razón. (El Observador –16.10. 2005)
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