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"Son gente jodida los montevideanos"

Tomás de Mattos

 

M

ás que nacer en Montevideo, yo le debo la vida. Si con seis meses de gestación mi madre no hubiera sido llevada a Montevideo, es muy probable que no hubiera retenido el embarazo y que, tal como ocurrió una vez antes y dos después, lo hubiera perdido. Toda mi familia materna (de la que fue único nieto y único sobrino), aunque oriunda de Tacuarembó, estuvo radicada desde antes de mi nacimiento en Montevideo, donde murieron mis abuelos y todos mis tíos. En Montevideo viven muchos de mis amigos. Tengo, pues, mis raíces montevideanas muy fuertes. Pero mi sentido de pertenencia queda siempre en el Norte. Tacuarembó es la ciudad en la que he vivido casi toda mi vida y la que, en todos los sentidos, me alimenta. ¿Para qué este exordio? Para prevenirte, lector montevideano, de que lo que viene no es un desahogo de pajuerano, sino el planteamiento de una realidad que nadie ignora, pero que todos solemos soslayar. Cuando hablamos del "paisito" –denominación que suelo evitar– imaginamos un diminuto y muy unido pedacito de mundo. Cuando los montevideanos se ensañan con los porteños, suelen creer que esa percepción es compartida por todos los uruguayos. Muchas veces, cuando se analizan las dificultades de integración de la región, el planteamiento se reduce a la crítica de las actitudes hegemónicas de argentinos y brasileños. Creo que la cuestión es bastante más compleja. Distamos de ser un único país. Aunque ocupando un área muy pequeña, no estamos satisfactoriamente integrados. Más, ni siquiera estamos divididos en dos, porque el interior no es uno, sino muchos. Y más, por cierto, que diecinueve. Porque en muchos departamentos ayuna capital "dominante" y una o más ciudades "sojuzgadas". Por ejemplo, a Artigas lo resquebraja la oposición de la capital y Bella Unión; y en el otro extremo del país, igual suerte corre Cerro Largo, con la discordia entre Melo y Río Branco, mientras que a Tacuarembó, al centro, lo agrieta el distanciamiento no solo geográfico entre la capital y Paso de los Toros. Pero, curiosamente, toda esta heterogeneidad se disipa hasta volverse una única tendencia predominante cuando se trata de juzgar a los montevideanos. Cada habitante del Norte, justifíquelo o no, puede comprender muy bien toda la carga anímica, toda la experiencia acumulada que respira en la queja no reprimida el año pasado por un minero de Artigas: "Son gente jodida los montevideanos".

   La frase, con variaciones no muy sustantivas en su tenor, la he oído muchas veces y no siempre en Tacuarembó. Tal como fue transcripta, la leí en El Norte Profundo, el libro de Carlos María Domínguez que acaba de publicar EBO. Es un libro de viajes, realizado el año pasado, por Artigas, Rivera, Cerro Largo y Tacuarembó; muy en la vena de Escritos sobre el agua, esa estupenda descripción del extremo suroccidental de nuestra costa sobre el Uruguay, realizada con la confesa perspectiva de un forastero, heterodoxamente abocado a la recolección de datos que le permitan reconstruir la entraña afectiva y ética con la que se paran ante la vida los pobladores de la región visitada. El libro, excelentemente escrito como todos los de Domínguez, da una primera visión, por supuesto que desde el Sur, de una realidad compleja, muy heterogénea y por completo desconocida para todo montevideano que no haya incursionado con alguna frecuencia más allá del río Negro. Uno de los tantos aspectos que rescata es la reiterada constatación del radical corte "del mapa humano del Uruguay con la contundencia geográfica del Río Negro".

   Nuestro Norte, escasamente poblado, y vulnerable por una ancha frontera terrestre que lo une y no lo separa con una economía de mucho mayor escala como la brasileña –bastaría mencionar la gaúcha–, tiene una industria oprimida, sin disponibilidad de mercados cercanos donde adquirir los insumos y vender sus productos, al margen de la red de gas natural y, por lo tanto, no se libra del flagelo de la desocupación. "Acá te salvás si sos chico porque Uruguay es como la conga: el que juega a menos, gana", quiso quejarse un mediano hacendado de Masoller. La asistencia financiera es inexistente o innecesaria. "Los bancos venden paraguas cuando hay sol y cuando lo necesitás te arrancan la cabeza. (...)Acá no hay bancos. Hay unos bolichitos que tienen unos mostradores y unas computadoras. Un banco es el negocio de una institución que tiene respaldo económico, y acá se demostró que ninguno de esos mostradores lo tiene. Sólo están para cobrar intereses de usura", dijo, al llegarle el turno, un productor de sandías de Tranqueras.

   Este entorno asfixiante genera una estrategia de subsistencia en las que las exigencias normativas y burocráticas cobran ribetes de irrealizabilidad. "La moralidad es un valor difícil de ordenar en la frontera, acosada por la tentación y la necesidad –apunta Domínguez–, el imperativo del límite y la facilidad de cruzarlo. Podría creerse que cada hombre carga demasiado peso para sumar a las mercaderías: el del bien y el mal". La frontera genera una ética que barre toda hipocresía, pero no el decoro. "Yo he pecado contra la ley de los hombres –confiesa quien fuera un emprendedor contrabandista de Río Branco-, pero nunca contra Dios". Los suspicaces dirían: "No le dio el cuero para meterse con las drogas, las armas y el oro". La perspectiva con la que los Poderes del Estado miran al Norte resulta, por alta y remota, con mucha frecuencia, burocrática y delirante. Ha ocurrido hace poco con la supresión de varios Juzgados de Paz rurales; pasa siempre con los formularios que se les exige llenar a los productores. (...) Allá en el Sur, viven entre papeles, han confundido esos papeles con la realidad y han terminado haciendo un país de mentira".

   Pero, por otra parte, las relaciones predominantemente impersonales que impone la convivencia en la gran ciudad y los vínculos "cara a cara" a los que cotidianamente acostumbran pueblos y zonas rurales, traen consigo comportamientos y actitudes de matrices antagónicas. Si la "gauchada", con el nombre que ya trae, fue alguna vez monte-videana, no lo es más ni en la gestión pública ni en la comercial. Daría para mucho más, pero debemos quedarnos aquí. No hay un "paisito" sino varios, no fácilmente contables. No hay un "Uruguay" profundo sino muchos; y todos nos desconocemos recíprocamente. Tenemos que descubrirnos. Y no sólo a la hora de sembrar votos, a la apurada.

(Caras y Caretas – 16.7.2004)