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Dos de Tachuela

El asunto fue en un baile
 

E

n un baile que se realizaba en un pueblito de campaña, apareció una muchacha con una elegante minifalda que a todos los presentes puso los pelos de punta, no por el hecho de usar minifalda sino por lo original de los mapas que en ella habían dibujados. Habían mapas de todas las naciones: de Brasil, de Francia, de Argentina, de Uruguay, de Alemania, de Inglaterra y de otros países, todo como un globo terrestre. Cuando dio comienzo el baile, un joven cruzó el salón el salón, y muy galante le dijo a la muchacha:

   -Me permite este vals, señorita?

   -Con mucho gusto caballero – contestó la dama.

   Y el joven le dice: —Si me permite pondré mi mano sobre el mapa del Canadá.

   -No faltaba más, póngala nomás.

   Y salieron a bailar prendidos como cangrejo al anzuelo, el vals era más largo que esperanza de jubilado…

   Todo iba muy bien cuando de repente se oyó que la chica de minifalda le daba flor de cachetada a su acompañante. La orquesta paró, el silencio fue profundo.

   Se escuchó la voz del joven que le decía a la señorita:

   -¿Por qué me pegó; si yo no le he hecho nada?

   Y la dama, muy ofendida, le dice:    -Usted es un atrevido, porque me pidió para poner la mano sobre el Canadá y al final ya la tenía en el Canal de la Mancha…

   -Disculpe, –dijo el joven– ¡me equivoqué de mapa!

En la comisaría…

   Al comisario le trajeron un individuo y el policía que hacía el parte, dijo:

   -A este lo traje porque estaba robando.

   El comisario lo mira de arriba abajo y le dice:

   -Así que estábamos robando, ¿no?

   Y el preso, muy desfachatado, le dice:

   -¿Así que usted también estaba, señor comisario? ¡Pues disculpe, no lo ví!

De “JOCOSO, el librito de la risa”
Odalis Sosa

Doña Ramonita

Juan Heber Leites

 

L

os que trabajamos en actividades comerciales, en negocios de ventas y asistencia, estamos habituados a tener como referencia, a un punto de nuestra ciudad, al que definimos con total naturalidad, como lo de “Doña Ramonita”.

   Hace pocos días al atender un pedido, el cliente me indicaba con toda normalidad: ¿De lo de “Doña Ramonita”? la siguiente bocacalle, doblando a la izquierda, al fondo. Nos dispusimos a entregar la mercadería con Andrés, un integrante de nuestro equipo de 24 años; y mientras nos dirigíamos a cumplir con nuestra misión, preguntó con mucha curiosidad, quién era Doña Ramonita que tanto la nombran las personas mayores. Y así fue que me dio mucho gusto recordar una semblanza de hace alrededor de 50 años atrás.

   Cuando niños, visitar a Doña Ramonita era para nosotros uno de los mejores paseos.

   En el barrio Ferrocarril, en lo que es hoy Av. Pablo Ríos, a una cuadra antes de la Escuela 11, por la vereda derecha rumbo al sur, hacia el barrio Centenario, era todo campo; por supuesto que no existía el Centro de Barrio Nº 1 ni la ruta 5. Por ese lugar, todos los días desde tempranas horas de la tarde, transitaba un gran número de personas a pie, carros y autos con un mismo destino, “lo de Doña Ramonita”

   A tres kilómetros de la ciudad aproximadamente, se destacaba una pintoresca granja de frutales, donde a 100 metros al fondo del camino, sobresalían las construcciones de grandes galpones y la casa familiar. La entrada de acceso se hacía por una calle lateral empedrada, y bordeada en ambas aceras por árboles de olivo, doblando finalmente en ángulo hacia la casa. Autos estacionados, gente sentada esperando su turno debajo de grandes enramadas en los amplios patios, y no era raro ver algún carro desprendido y su caballo pastando en el campo, “seguramente de alguna familia de Batoví, o de algún otro lugar de nuestra campaña”.

   Doña Ramonita atendía a todas la visitas con el mismo agrado, a todos por igual, amable, serie y responsable para aconsejar y resolver los problemas que se le planteaban.

   Estudió y se graduó en Brasil, y exhibía sus títulos en cuadros en la sala de espera. Los visitantes de Doña Ramonita, tenían un antes y un después de su visita. Se los veía llegar con caras y gestos de preocupación y de angustia… pocos comunicativos, y era notable ver el regreso de todos ellos… sonrientes, charlando a veces en grupo, eran otras personas. Les daba fe y esperanza y les hacía ver valores que a veces no percibían.

   Ninguna calle lleva el nombre de Doña Ramonita, tal vez nunca lo lleve. Pero el pueblo y toda la gente que la conoció, la recordará siempre y como un gran homenaje identificará el lugar donde vivió, como “lo de Doña Ramonita”.


Fragmento de retirada de la murga “Batiendo lo Justo” (1994)

Tito Sclavo Arman

El Correo a principios del Siglo XX

E

l Correo era muy eficiente. Los repartos de la correspondencia en la ciudad se hacían al poco rato de llegar el ferrocarril que la traía, y a los lugres más apartados llegaba una vez por semana en manos de un funcionario que recorría a caballo las rutas principales. Llevaba correspondencia y levantaba la que se le entregaba para ser enviada

   Los diarios, que también llegaban por ferrocarril, se entregaban a los suscriptores.

De «Tacuarembó, ciudad de oportunidades», Celia Testa, 1997

Cuando el recuerdo transite en sus calles
es la nostalgia que toma el timón
y marcha en busca de los personajes
que un día poblaron la Plaza Colón.

En el letrero se lee: “Cine Artigas”
en una chapa cubierta de hollín
mientras adentro danzan los fantasmas
de Valentino, la Garbo y Chaplín.

Afuera se oye un grito atrevido
mezcla de afecto y tono burlón
que solamente dice: “Sin Cabeza”
por Tankariano en plena labor.

Si un “Peñarol viejo y peludo” escuchas
que viene envuelto en envinada voz
es Guerrerito que vuelve como antes
con su curda de soledad y alcohol.

Los viejos quioscos de Viana y Urgoity
falsas pagodas, madera y latón
hoy solo son recodos de memorias
de un veterano con su lagrimón.

La mesa del bar gotea recuerdos
que el viejo cuenta a su vino Carlón
“La vida ayer se ha ido a barajas”
filosofando en clave de dolor.

Letra: Iris “Tito” Sclavo