Contratapa

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Viaje duro este que vamos
con tantos idos y vueltas
haciéndonos al oficio
de la ausencia.

Hasta pronto Darno

Cuando Eduardo nació, el mundo era otro.
Y él supo mantener intacto ese mundo, su mundo, y mostrárnoslo en sus canciones.
Por eso murió joven, no se puede vivir tantos años en otro mundo, en otro tiempo.

Y cuando canta, el Darno nos regala parte de su vida; las palabras salen de su alma y no vuelven, quedan en nosotros. Tal es el sentimiento, que jamás logra recuperar todo lo que nos regala, que por eso regalo es. A costa de su salud, y de su vida.

L

a muerte lo pasó a buscar en la madrugada del 7 de marzo.

   Su Muerte.

   Esa con la que Darnauchans había coqueteado tantas veces, esa misma a la que había dedicado mil versos, esa que lo obsesionaba y contra la que luchaba pero a la que no temía, sabiéndola inevitable.

   Porque no se puede separar al Darno de la muerte. Tanto nos cantaba acerca de ella, tan acostumbrados nos tenía, que parece solamente una de sus nuevas canciones y no una muerte "real". Una nueva versión basada en el texto de Alicia Miralles.

Y en reducido encierro, tus huesos estarán.

   Y es seguro que está feliz, en su mundo sin pituitaria sin ojos, alternativo pero suyo al fin, y como cada uno de sus mundos, también un poco nuestro.

   Viajando en el Ford T de su padre, y con los suyos. Seguro que no maneja, seguro que está disfrutando del viaje en el asiento de atrás. Seguro.

   Y el camino es de tierra, pedregullo, como en Minas de Corrales 1960.

   Llegarán a Tacuarembó, ya en una media esfera blanca, tiempo largo después, y él se bajará, enojado, de mal humor, porque el Doctor debe seguir camino a atender a mil pacientes.

   Jugará un rato, y pensará un siglo... o dos eones, que aquí son lo mismo.

   Vuelve a ser niño y recordará que nunca dejó de serlo.

Sentado en sus seis años,
parado en la mitad de su niñez.

   Y aunque niño conocerá otras mujeres, y les seguirá cantando, en otro tiempo, el de juglares, reyes, reinas y cortes.

Por Granada y por Sevilla el amor le quitará el sueño.

   Su mundo.

   Con esas extrañas palabras alemanas sacadas de un viejo libro de medicina, hablando de átomos y planetas, de lo minúsculo y lo inmenso, de versos y universos.

   Inventando idiomas, descubriendo gestos, creando intrigas, y siendo cómplice de si mismo, Darnauchans se divierte. Y aunque cante, se divierte en expresivo silencio, e intenta ser una brisa que no moleste, pasando desapercibido.

   Lo intenta, pero no puede.

   Porque sus idiomas alargan las vocales y hacen infinitas las consonantes, sus gestos acompañan cada acorde hasta ser parte inseparable de la melodía, sus intrigas intrigan y atraen.

Ahora que no hay nada, recuerda la flor, que no la espina.

Pero ni siquiera las flores podrán alegrarle la razón, que no el corazón.

   Percibido por todos, decidirá retirarse, una vez mas, a sus sueños y canciones, y desaparecerá, por indefinido tiempo.

   Cuando vuelva, que el Darno siempre vuelve, escribirá otros sonidos, otras canciones, otras armonías, otros lenguajes, pero seguirá siendo el Darno; su esencia, muy a su pesar, no cambia.

   Volverá a hablar de la muerte, del amor con emmes largas, del dolor y de los Juglares, él.

   Y en el cementerio, sin que la vieran, una joven mujer se arrodilló. Dejó en el piso una gruesa carpeta con los papeles que la ataban a esta realidad y dijo con voz entrecortada:
   -Me siento muy bien así, tocando su mismo suelo, lo que pasa es que me llamo Cecilia y Darnauchans me marcó para siempre, aunque no lo conocí.
   -Siempre me gustaron sus canciones y cómo las cantaba; una vez me dijeron que no eran de él, que las componían otros, que él se encargaba de ponerles música y cantarlas. No importa si es así, pero me enteré que "Memorias de Cecilia" sí la había escrito el Darno, y entonces, comprendí porqué solamente él había sabido pronunciar mi nombre con tanto amor y sentimiento.
   -Me siento en paz, porque sé que ahora ya no sufrirá, y estará con los suyos, pero ya lo extraño.
   Y así siguió, arrodillada, con los ojos llenos de lágrimas, y lejos de la multitud, por media hora más, Cecilia.

Te he visto llorando en las sombras llorabas por mí.
Yo fui quien ofendió tu imagen Cecilia.


¿Sabes que acaso te está hablando un muerto?, eco callado soy que resucito.
...
Voz que ya nadie dice, luz de un sol extinguido, que aún galopa en el tiempo.
Bajo mis alas, trémulos, se acurrucan minutos de otros días.
Tu atención ya la he visto, y he de verla abierta en otros, sois reflejos míos.
Yo soy la realidad, sombras vosotros.
Que con ser solo un aire estremecido, yo he de vivir aún mas que quién me dijo.
...
En vano sobre mí pondrán los hombres, leve silencio o densidad de olvido.
Vendrá una mano y volaré de nuevo, diré otra vez, lo que te estoy diciendo.


Falleció el último Trovador.

   En la madrugada del miércoles 7 de Marzo,  tras varios quebrantos de salud en los últimos años, y solo dos semanas después de la muerte de su esposa, "El Darno", como siempre se lo conoció popularmente, falleció de una insuficiencia cardíaca.

   Eduardo Darnauchans nació el 15 de Noviembre de 1953 en la ciudad de Montevideo.
   A poco de nacer su familia se fue al Norte, a Minas de Corrales, en el departamento de Rivera; la cercanía con la capital de Tacuarembó y la profesión de médico de su padre lo hizo viajar y vivir alternadamente en ambos departamentos, y un poco mas tarde, al comenzar sus estudios, Eduardo se quedó en Tacuarembó.
   Fue allí que conoció a muchos de quienes luego lo acompañarían a lo largo de su carrera.
   Washington y Carlos Benavídez, Eduardo Larbanois, Carlos Da Silveira entre tantos otros.
   Una vez completado el bachillerato, a los 18 años se traslada a Montevideo y presenta su primer disco "Canción de muchacho", simultáneamente realizó cursos en la facultad de Medicina de la Capital y en la Facultad de humanidades de la Plata.
   Luego vendrían "Las quemas", "Sansueña", "Zurcidor", "Nieblas y neblinas", "El trigo de la luna" "Noches blancas", "Entre el micrófono y la penumbra", "Canciones Sefaradíes" y "El Ángel Azul", su último trabajo, en 2006.
   A lo largo de su vida, Darnauchans pocas veces estuvo solo, supo rodearse de personas tan talentosas como él, tan talentosas y humildes como para darse cuenta de que sus expresiones artísticas serían solo perfectamente interpretadas por Darnauchans; Jorge Galemire, Washington Benavídez, Víctor Cunha y otros tantos de sus amigos, muchas veces componían y arreglaban por y para ese objetivo.
   En 1990 recibió el Premio Municipal de Música Edita por El trigo de la Luna.
   También compuso música para obras de teatro, como "Antes de entrar dejen salir" y "Papá querido", bajo la dirección de Antonio Baldomir.
   En 1990 compuso la música del filme Color de tristecías, dirigido por Pablo Rodríguez y exhibido en Europa, Estados Unidos y Canadá. Ha cantado junto a Bob Dylan en el Cilindro Municipal y junto a Paul Simon en el Estadio Centenario.
   Pero no solo música respiraba el poeta, sus letras fueron interpretadas por destacados artistas nacionales, como el dúo Larbanois/Carrero, Fernando Cabrera, Juan Peyrou y Ruben Olivera entre otros.

   Sus restos descansan en el Cementerio Central, luego de que Yamandú Palacios con sus palabras, y su entrañado Bob Dylan a través de una vieja canción fueran los responsables de la despedida.