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De inversión y de endeudamiento
uede haber discrepancias en muchos enfoques de la economía, pero existe unanimidad en aceptar que la inversión es un factor dinámico altamente positivo y que es imprescindible para la creación de un mayor número de puestos reales de trabajo. A través de la inversión se modifica el proceso productivo o se mejora la prestación de servicios a la comunidad. Hay una mayor riqueza al incorporar nueva tecnología, lo que permite un mejor aprovechamiento de los factores productivos. La inversión puede ser privada o pública. La privada está a cargo de las empresas de los distintos sectores económicos, el sector primario (agropecuario), el secundario (industrial) y el terciario (servicios). Hay factores que identifican a una inversión privada positiva y entre ellos merecen destacarse el aumento de la rentabilidad de las empresas, de los bienes productivos y de los puestos de trabajo calificado. La inversión pública es la realizada por el Estado o por su cuenta. Tiene como finalidad el perfeccionamiento de los distintos servicios que se prestan en materia de comunicaciones, salud, enseñanza, seguridad, etc. y en estas inversiones, si bien el objetivo no es el aumento de los bienes producido ni de la rentabilidad, tienen en común con la inversión privada que también generan aumento de los puestos de trabajo calificados. Debemos destacar que la inversión pública significa siempre un aporte sustancial para el desarrollo exitoso de la actividad económica en los sectores privados. Lo fundamental de las inversiones tanto públicas como privadas, es que sean el resultado de un exigente proceso selectivo, o sea que de todas las posibles, se realicen aquellas que mayor impacto positivo produzca en las empresas o en la sociedad. Tanto esta selección, como la realización a través del personal capacitado, tienen que estar orientadas por dirigentes, empresarios o políticos, que sean conscientes de la responsabilidad que asumen por los fondos que se están invirtiendo. Debe tenerse en cuenta que al significar la inversión un desembolso de fondos prestados o ahorrados, lo realizado determine, cuando es en el campo de una empresa, un aumento de utilidades que permita pagar con comodidad el servicio financiero del préstamo contraído; cuando se realiza como inversión pública que el sacrificio que se impondrá a las generaciones futuras, quienes deberán cancelar el préstamo, esté justificado por los beneficios que recibirán. El acceso al crédito, que puede ser muy fácil en determinadas circunstancias, debe ser cuidado a través del cumplimiento de las obligaciones contraídas. El crédito es una forma de confianza y cuando se pierde es muy difícil recuperarlo. Actuar imprudentemente en este campo significa un riesgo de perder el patrimonio en el caso de las empresas y en el caso de los países entrar en cesación de pagos. Perder el crédito en las empresas es iniciar un proceso que siempre termina en su liquidación, perder en los países menos desarrollados los préstamos del exterior es condenar a las clases menos pudientes, que son las más beneficiadas de la obra pública, a una situación cada vez mayor de atraso y deterioro. Esa diferencia que se hace cada vez más patente entre el mundo desarrollado y los países restantes es la forma en que tanto las empresas como los Estados explican su endeudamiento. En las naciones del primer mundo las empresas solicitan préstamos con plazos adecuados y los destinan fundamentalmente para su expansión, realizando inversiones en tecnología de punta lo que les permite ganar nuevos mercados. Las empresas de los países subdesarrollados aplican gran parte de su endeudamiento en gastos de funcionamientos, aumentado su costo de producción en abultados gastos financieros lo que reduce aún más su competencia. Además, como son empresas de riesgo, los intereses y plazos de sus créditos son comparativamente desfavorables. Los países más pobres son los más endeudados en relación con su capacidad de pago. Mucho de este endeudamiento es consecuencia de la mala administración y a veces de la corrupción. Impuestos inadecuados, alta evasión, economía informal y estancada y gastos de administración excesivos son los ingredientes de esta situación que se agrava porque de los recursos insuficientes se deben destinar una parte importante al servicio de la deuda. Además como la situación del país se vuelve cada vez más peligrosa en cuanto al cumplimiento de las obligaciones, las condiciones en que se obtienen los fondos son cada vez menos beneficiosas. Esta situación es también el espejo de Uruguay. La deuda pública en los últimos diez años ha crecido hasta llegar a niveles que superan el producto bruto del país o sea todo lo que el país genera en un año. Si no fuera porque gran parte de la deuda también está en manos del ahorro uruguayo, diríamos que ya no tenemos país, porque lo debemos todo. La población en condiciones de pobreza se ha duplicado, la riqueza se ha polarizado en una forma desconocida en nuestra tierra, que había sido un país de clase media. ¿Quiénes se han favorecido en este sube y baja? Es la gran pregunta del ciudadano común y que ninguna voz responde. Es imprescindible efectuar cambios sustanciales para volver a tener un país más homogéneo y desendeudado. Los que se adeudan deben pagar sus deudas. El país, las empresas y las personas. Si el país no paga sus deudas y no cumple con sus compromisos, compromete su futuro y se garantiza el aislamiento y la pobreza. Porque la verdad es que el Uruguay en el concierto mundial no cuenta y su producción exportable es fácilmente sustituible. Los que abogan por no cumplir con la deuda externa no tienen presente que por más mal que esté el Uruguay, puede estar muchísimo peor. Se puede refinanciar la deuda, extender su plazo y conseguir condiciones más benignas pero siempre contando con el consentimiento de los acreedores porque sin él no hay más crédito y sin crédito el Uruguay no puede subsistir. Las empresas y las personas también deben pagar sus deudas porque el dinero que usaron es el producto del ahorro de gente que se negó consumos para depositar esos fondos en los bancos y aspira a recuperarlos. La idea de que todos los ahorristas son poderosos usureros es tan equivocada y genérica como que todos los deudores son estafadores. Por ello, entiendo que con justicia, se ha contemplado a los ahorristas más pequeños y se ha dado preferencia en la recuperación de sus créditos. De igual manera se debe dar las mejores condiciones factibles a los pequeños deudores a fin de que puedan satisfacer los créditos que les fueron concedidos. Pero no le sirve al país, ni a los trabajadores, ni a los jubilados ni a todos los que han resultado empobrecidos por la actual coyuntura, que se les cargue con el pago de la deuda de los deudores consuetudinarios que a través de sus negociados quieren trasladar una vez más sus obligaciones al Estado, porque a pesar de que algunos lo olviden, el Estado somos todos. El sistema productivo uruguayo debe cambiar porque no es posible que el Uruguay se dé el lujo de ser el país de menor tasa de inversión de la región. El equipo productivo de las empresas se desprecia todos los años, la empresa que no realiza inversiones anuales equiparables por lo menos a su depreciación es una empresa que se envejece y pierde competencia. Aunque el avance tecnológico no existiera, el simple paso del tiempo deja a las empresas deterioradas, pero si encima no incorpora nuevas técnicas se pierde toda competencia para vender en el exterior. La inversión crea nuevos puestos de trabajo y el crecimiento de la competencia para exportar aumenta más las posibilidades de nuevos empleos. En el futuro, la inversión en una empresa, ya no será una opción sino una obligación. La propiedad de un medio de producción da una oportunidad de enriquecimiento personal pero también obliga a dar ocupación a otros uruguayos menos afortunados. La futura tributación sobre las empresas deberá tener esto presente para gravar fuertemente la falta de inversión considerándola renta omitida. No es factible seguir protegiendo las empresas marginales, siempre endeudadas, siempre perdidosas y pagando salarios miserables. Tampoco ha resultado beneficioso para el país este sistema de llorosos empresarios que privatizan las ganancias y socializan las pérdidas. Empresas endeudadas y propietarios ricos con inversiones en el exterior. No estamos en la Edad Media y nadie cree que la propiedad es un derecho divino, la propiedad de un medio de producción solamente podrá ser viable si además de ser bueno para el propietario es bueno para la sociedad. Como en los países desarrollados eso será reservado para los más aptos y si no, el Uruguay no cambiará. |
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