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propósito del homenaje realizado en la Sala Maggiolo de la
Universidad de la República al Ingeniero y matemático José
Luis Massera.
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Dos
anécdotas sobre Massera
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I
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uando yo tenía 15 años me afilié a la
Juventud Comunista. Esto fue en 1966, en Tacuarembó.
Una de las principales tareas que hacíamos
en esa época, era la barriada: visitar casa por casa,
apechugar con lo que viniera (¡hasta con cuchillos nos
echaban! Hay un compañero muerto...), y charlar con los
vecinos. Uno de estos días, llegó Massera a Tacuarembó, y
también él salió de barriada, como estilaba hacer.
Era en ese momento, diputado. Andaba de
alpargatas pateando soles por los andurriales del barrio
Ferrocarril. Allá encontramos a un conocido, vecino de mi
casa, y orgullosamente le presentamos al Diputado José Luis
Massera, venido de Montevideo.
"Acá tenés un diputado, el Doctor
Massera, podés hablar con él lo que quieras", le
decíamos al vecino, que ya peinaba algunas canas. Pero Don
Juan ya había visto a demasiados diputados, y con cara de ‘A
mí no me joroban éstos’, dice: "¡¡Qué va a ser
diputado y doctor este hombre, que anda de alpargatas y sin
traje!!!"
Por ahí se terminó nuestra fuerte
argumentación política. Vencidos.
II
Hace unos años se hizo un gran Congreso de
Sistemas Dinámicos en Uruguay. Es el área de investigación
en que trabajó Massera en Matemática, y en la que también
trabaja mi marido. El congreso atrajo personalidades de todo
el planeta.
Allí estaba don José Luis.
Se hizo un lunch para todos los
participantes, en el patio del Cabildo de Montevideo. En el
patio estaba uno de los más prestigiosos matemáticos, el
japonés Shiraiwa, con su esposa. Estaban solos, aislados del
resto del grupo.
Al verlos de ese modo, me acerqué a
conversar. ¿De qué hablar con un japonés que apenas
balbucea el inglés, si no eres matemático? Estaba difícil.
Pero en mi afán de comunicación, apelé a mi querido Akira
Kurosawa, director maravilloso de cine y de vida.
Efectivamente, luego de algunos momentos dificultosos por
problemas de pronunciación del idioma japonés, Shiraiwa me
entendió, y logramos hilvanar alguna charla.
A cada momento yo le pedía que tradujera
algo a su esposa, que no habla ningún otro idioma más que el
japonés. Shiraiwa tomó unas fotos conmigo y con José. Al
rato, Massera, que estaba observando mis movimientos, se me
acerca y me dice: "Debés dominar mucho el inglés para
poder hablar con Shiraiwa tan fluidamente". "De
ninguna manera", le contesté. "Sólo es afán de
conversar lo que nos tiene charlando!". Y en ese momento
comienza a sonar un tango, y yo hago ademán de que estaría
bueno bailarlo. Massera, que estaba junto al Maestro Hugo
Rodríguez, dice: "¡Quién te hubiera conocido de joven
a vos!".
Yo no daba crédito a mis oídos. ¡Habían
pasado tantos años, habíamos pasado la cárcel, la
clandestinidad, el exilio, me había casado con un
matemático, estaba allí con Massera por enésima vez, y él
no se acordaba de mí a los 15 años! ¡En Tacuarembó!!
Lo más increíble fue el coro de Hugo: —"Sí,
¡quién te hubiera conocido...!"
Hugo fue mi profesor predilecto cuando hice
Magisterio en Montevideo, en 1972. Sí, la vida te da
sorpresas, ¡y olvidos!
(*) Sonia Ninoska Hornos Pírez (54), Nació en
Tacuarembó, vivió su infancia en Barrio Ferrocarril y en
1971 se trasladó a Montevideo. Es maestra de Enseñanza
Primaria y egresada de la licenciatura en Ciencias Biológicas
de la Facultad de Ciencias de Uruguay. |